lunes, 3 de mayo de 2010

Ocho

Cuando al fin estuvieron solos, los tres, con sendas tazas de café en la mano, se apoderó del piso del profesor Luis de Orozko un silencio sepulcral. Las miradas se entrecruzaban, sin saber dónde detenerse. Iban de los ojazos de La Bruja, intensamente verdes e intensamente cafés (así, al mismo tiempo), a los grandes, pero no tan grandes, muy oscuros, eso sí, de Julián, pasando por los mucho más pequeños ojos del ex fraile agustino -éstos detrás de unos anteojos enormes, francamente ochenteros.

Al parecer, la Bruja podría estar en serios problemas. Las declaraciones a la prensa del profesor Marcelo de la Clase, hoy por hoy también vicerrector de la Universidad, hacían cierta referencia a su grupo de teatro, Magia Oscura, en el contexto del terrible asesinato de la joven de La Cueva, acaecido la noche anterior.

-Eso no venía en la nota que leí- expresó Julián, poniendo sobre la mesilla el periódico que había comprado-. En ella, sólo se plantea que la Cofradía de Nuestro Sagrado Cristo Crucificado, contraria a la celebración de la Noche de San Juan en La Cueva, ha insistido públicamente en que la representación de Magia Oscura debe ser prohibida…

-…porque atenta contra las creencias mayoritarias del pueblo- lo interrumpió el profesor Orozko, completando el sentido del texto comentado por el estudiante mexicano- y se presta a desmanes y excesos que lo único que fomentan en la juventud salmantina, supuestamente, es el consumo de alcohol y drogas, así como el desenfreno sexual, por la danza con actores semidesnudos frente a una hoguera…Pero otro de los diarios, sí logró una entrevista telefónica con Marcelo de la Clase, quien es, no lo olvidemos, aparte de profesor de la Facultad y nuestro flamante vicerrector, el Hermano Mayor de tal Cofradía…

-Okey…- musitó Julián, mirando de reojo a una Bruja prácticamente ausente de la reunión, con la atención muy lejos de ahí y respirando aceleradamente. “Qué hermosa es”, se confió rápido a sí mismo. “Aún en estos momentos en que parece que el Mundo puede irse entero contra ella…Tiene una belleza tan especial…y un halo…”.

-¿Tú que opinas de todo esto, Bruja? A todas luces, parece una estupidez. Es cierto que no se trata de una acusación formal ni directa. Aparentemente sólo se puso de ejemplo lo de la Noche de San Juan y Magia Oscura, como para subrayar una serie de eventos que a algunos les parece contrarios a su fe y que pudiesen estar instigando, entre comillas, toda esa parafernalia de un pretendido satanismo, neopaganismo, qué se yo…

-¡Pero no habían hecho una vinculación con algo tan monstruoso como este asesinato!- respondió la Bruja a su profesor, saliendo un tanto de su ensimismamiento.

-Sí, es de muy mala leche- adjetivó Julián-. Una putada.

-Bueno, tampoco incurráis en pánico, muchachos- atajó Orozko-. Estos señores han aprovechado para llevar agua a su molino, aunque se trate de un molino, ahora sí, forjado meramente de viento. Y se han hecho eco de esa sed enfermiza de la prensa para dotar de espectacularidad un hecho tan lamentable; en una época en que cada vez más se venden menos periódicos.

-Y, vaya, Luis, que fue un espectáculo…

-Sí, Julián, tú estuviste ahí…

-Especifico: estuve en el levantamiento del cadáver…- se apresuró a aclarar con su peculiar tono mexicano-norteño Julián, y con una sonrisita nerviosa.

-Vale, vale. A eso me refería…

La Bruja, hasta entonces, pudo medio esbozar su propia sonrisa. Iluminando así, para los dos hombres que la acompañaban, la salita donde se encontraban, pues se hallaban muy preocupados por lo sombría que lucía su amiga y alumna.

-Cuando llegamos, no pude ver mucho. La chica ya estaba sobre la camilla y la cubría una gran sábana blanca. Pero sí podía distinguirse que había sangrado mucho y, evidentemente, que ya iba muerta –dio un resoplido y continuó con su relato-. La gente que ahí estaba, vecinos en su mayoría, hizo referencia a ruidos, luces, reuniones, fiestas o ceremonias raras que, parecía, se habían estado realizando, a últimas fechas, en los alrededores. Y subrayaron lo de rumores de que en Salamanca se estaba reactivando la brujería y surgiendo una afición por las orgías, los bacanales y cosas así…Y luego lo del tipejo ése que vi, unos minutos antes…

-Ése como rayo oscuro, que dices pasó pegado a los muros de la Catedral y que desapareció frente a tus ojos así, sin más ni más…- comentó Orozko, al tiempo que la Bruja pareció ponerse otra vez muy nerviosa.

-Sí, sí…Me pareció un hombre de edad indeterminada, pero no un viejo, por la velocidad que llevaba y el temple aparente de su cuerpo. Iba vestido todo de negro, con un gran sombrero, botas altas. Alguien como sacado de otra época, de otra dimensión…Unos cuantos minutos después irrumpieron las sirenas de la Policía y la Cruz Roja.

-Julián, es curioso. Pero no es la primera vez que escucho que alguien menciona haber visto una imagen similar, de alguien como ese personaje extraño que viste, en Salamanca- le hizo saber el profesor al muchacho mexicano-. Barriolibreros ha visto a alguien así de misterioso varias veces y desde hace no mucho tiempo, en diversos puntos de la ciudad y en ambientes similares al que describes, es decir, niebla, calles oscuras, en la madrugada…Incluso me han dicho que de día…

-¿De día qué?…¿Ha visto eso también de día?- mostró más interés Julián.

-Él no. Pero una amiga monja, Sor Tere, me ha comentado que ha visto a alguien así merodeando por el Convento de las Dueñas. Incluso asegura que este individuo ha entrado y no ha salido de ahí sino hasta transcurrido bastante rato. Y que le ha visto pasarse, luego, también, a la biblioteca de San Esteban, enfrente…Y el otro día –rememoró Orozko, entornando sus ojos hacia el lado izquierdo- charlé por casualidad con el ciego que vende billetes de la ONCE, el de la lotería, y que siempre se coloca afuera de Simago, el supermercado…

La Bruja abría cada vez más sus ojos; contenía, a esas alturas del coloquio, la respiración. Con su garganta hacía sonidillos curiosos, como mostrando incomodidad.

-¿Pasa algo, hija?- preguntó intrigado su profesor, al observar cómo se apretaba ella misma las manos.

-No, nada. No se preocupe. No me repongo del que se haya mencionado al grupo en algo tan delicado…

-Sí…sí… ¿En qué estaba?

-En lo del ciego de los cupones de la ONCE, el de Simago…- le volvió a ubicar Julián.

-Ya. Sí. No me acuerdo, bien a bien, por qué el otro día empecé a charlar con este ciego. Pero en una de las pausas hechas a su pregón, con el que anuncia la lotería, intercambiamos impresiones de ya no me acuerdo qué…Pero sí me reveló que desde hace algunas semanas ha estado sintiendo una presencia muy distinta, rarísima, entre la gente que entra y sale del local, o que pasa por ahí, cerca de él. Me dijo que está seguro de que se trata de un hombre, de un habitante nuevo de Salamanca, que huele diferente, que posee una vibración muy especial y que siempre camina muy rápidamente junto a él…

-Mira…- susurró Julián.-. ¿Tendrá algo qué ver ese casi espectro con el asesinato de ayer? En serio, que su presencia misteriosa en la Plaza de Anaya fue como la de un heraldo de lo que funestamente se iba a descubrir una nadita después…Ahora sí que un verdadero heraldo negro, como los del poeta César Vallejo…

La Bruja volcó, a los dos segundos de lo manifestado por su compañero de estudios, el poco café que le quedaba a su taza. Ante esto, el profesor y Julián se levantaron con intenciones de ir por algo con qué limpiar. En eso entró al apartamento Marianela, la esposa de Orozko.

-Me tengo que ir.- soltó La Bruja a todos, apenas saludando de beso en una sola de las mejillas a Marianela.

Se excusó diciendo que tenía que hacer unos recados y que la cabeza le dolía demasiado. Iba a aprovechar que justo enfrente del edificio en donde estaban, en plena Plaza de los Basilios, había una farmacia donde comprarse algún paracetamol que le aliviara un poco. Julián se ofreció a ir con ella.

-No dejéis de traer, muy a mano, sus celulares, muchachos. Debemos estar en contacto, para cualquier cosa que pueda suceder- alcanzó a decirles Orozko, cuando bajó a despedirlos al vestíbulo-. Precisamente, hoy mismo iré a buscar a un amigo mío abogado, para que nos asesore ante cualquier eventualidad que pueda presentarse por este jaleo. Tampoco anden con miedo, pero cuídense.

La Bruja ya no se despidió de su profesor. En cuanto éste abrió la puerta que da a la calle, apresuró el paso hacia la farmacia, sin esperar a Julián.

viernes, 23 de abril de 2010

Siete

-¡Mira que tenías que hablar! ¡¿Joder, macho, que no puedes dejar de decir sandeces?! ¡Eres la deshonra de la excelentísima Universidad de Salamanca!

-Calle, por favor, maestro. Que por algo le expulsaron del Claustro…

-¡Qué casualidad que estabas bien despierto y pronto, cuando los de la prensa necesitaban algo que escandalizara, imbécil! ¡Y mira que ir dale que dale con lo de la representación en La Cueva, con estos pobres muchachitos de Magia Oscura!

Le habían sorprendido en plena escalinata del Palacio de Anaya, sede de la Facultad de Filología. El distinguido vicerrector de la Universidad y también profesor de la propia Facultad Don Marcelo de la Clase, iba bajando hacia el amplísimo patio central del magnífico edificio, a la altura del busto de Miguel de Unamuno, acompañado del gran alumno y novelista mexicano Juan Arcos y Mendoza, uno de sus favoritos. Frente a ellos, cerrándoles el paso y al pie del primero de los escalones, un exprofesor de la Facultad y ahora exitoso autor de libros de dudosa calidad y veracidad: Diego de Barriolibreros, llamado por tantos, con sorna, “el Marqués”.

Estudiantes, profesores, empleados de conserjería atestiguaban algo atónitos la ruidosa escena –unos iban pasando por ahí y otros se vieron impelidos a salir de sus aulas y despachos. No que no conocieran ese tipo de exabruptos de Don Diego, personaje pintoresco y estrafalario entre los más de la Universidad y de toda Salamanca, pero hacía ya bastante tiempo que éste no protagonizaba uno ahí, en pleno corazón del sagrado estudio de la Literatura y la Lingüística.

Los ojos de Barriolibreros parecían querer echar espuma. Máxime por su casi transparencia, de tan azules que eran. También le decían “el ario”, sobre todo porque él se ufanaba seguido de su catadura más de alemán que de “castellano o extremeño”, como se apuraba a puntualizar. Su boca amplia y los poros de su nariz aguileña parecían no tener fin en su dilatación airada, mientras que su revoloteante cabello largo -sólo de media cabeza para abajo, por su calva- no paraba de moverse. Delgado y de alta estatura, estaba plantado como una estaca frente a quien consideraba su antítesis total.

Marcelo de la Clase esbozaba cierta sonrisita irónica en el proceso de sostenerle la mirada al “mercachifle chiflado de la literatura”, como gustaba denominarle, a veces y sólo entre sus íntimos, a quien ahora se había empeñado en no dejarle pasar hasta escupirle una sarta de sus verdades en la cara. Únicamente descendió otros dos escalones y se detuvo con toda su gallarda y elegante apostura. Se alisó el cabello algo levantado de la cabeza –gracioso estrago de la siesta de mediodía- y estiró los faldones de su muy fino y aún más caro traje. Carraspeó un poco al acomodarse la corbata de seda veneciana y de reojo hizo una seña entre fastidiada y divertida a su pupilo y momentáneo escudero y paje.

El asustadizo parpadeo del brillantísimo alumno y escritor mexicano Juan Arcos y Mendoza, se combinaba a ratos con el fruncimiento de su ceño al escudriñar la para él demasiado folklórica figura de Diego de Barriolibreros, a quien, por cierto, había satirizado en su última novela –súbita, sorprendente, ganadora de un premio clave en el mercado editorial español, después de una intensa campaña de relaciones públicas entre agentes y editores por parte de su tan recientemente desconocido y ahora tan aplaudido autor. Los ojillos casi le rebotaban entre sus cuencas y el cristal de sus minúsculos y muy gruesos espejuelos. Tal era su estupefacción y, aún más, su pavor, que parecía que en cualquier momento su globo ocular izquierdo iba a salir despedido al infinito. El escaso cabello amagó con encogérsele más, haciendo que sus orejas parecieran mucho más grandes de lo que eran. Ante el espectáculo, como que se hizo más chiquito y encorvadillo y de su hondísima profundidad emitió un leve

-…pero qué señor tan ojeteeee- que era una manera muy chilanga, es decir, del habla de la capital mexicana, de donde provenía, para especificar lo ruin y ridículo que se estaba viendo, para él, su exprofesor Barriolibreros.

-¡Y tú, como fiel lapa inmunda, ratita de cine y biblioteca, cuyos personajes de ficción no tienen sangre como tú –le banderilleó Don Diego al pobrecito e inocente de Arcos y Mendoza-, y son tan falsos como tú en el pretender escribir como centroeuropeo, renegando de la bella enjundia vitalista del redactar latinoamericano, ahora casi te escondes en los entresijos de éste incitador al linchamiento de compañeros tuyos!

En las palabras del tan irritado aspaventero, quizá también había algo de amargura, pues Juanito, como le decía no hace mucho tiempo, no se le despegaba y había declarado, en público y en privado, que él era el mejor profesor de la Facultad, hasta que haría cosa de un año le cesaran de la misma y Marcelo de la Clase se empinara hasta el Vicerrectorado.

-¡Por favor, Barriolibreros! –volvió a mover sus finos labios el catedrático De la Clase-. ¡Deje de insultar! ¡Tenga un mínimo de respeto por su antigua casa de estudios! ¡Por su alma máter!

De veras que Don Marcelo se moría por responder uno a uno los improperios de su ya muy declarado enemigo –“junto con el hereje de Luis de Orozko”, se apresuraría a acotar él mismo. Pero no era propio para, precisamente, alguien de su clase. Se trataba, ni más ni menos, que de la segunda autoridad en la Universidad con más solera en el orbe hispánico –ya muy próxima a cumplir los ochocientos años- y la primera en ser reconocida como tal a nivel mundial (por una bula del papa Alejandro IV, en 1255). Además, algunos de los libros de texto que llevaban los alumnos de la Licenciatura y el Doctorado de Filología Hispánica él los había escrito y todavía no cejaba en su empeño, ilusión y obstinación por convertirse algún día en presidente de la Real Academia. Es decir, se trataba de una eminencia que no debía “rebajarse” ante un destartalado loco, escritorzuelo comercial de almanaques en pleno cierre del siglo XX, novelista de bisuterías, propagador de supersticiones y remedios hechiceros, ex torero, ex dizque físico matemático, ex actor, ex bailarín, también ex sacerdote y quién sabe cuántos “ex” más que sólo evidenciaban su desvarío y su falta de importancia como escritor, como intelectual e incluso como ser humano.

Lo pertinente para la ocasión, para el par de grandes universitarios y literatos –uno ya consolidado y el otro despuntando como estrellita de la mañana- que veían obstruido su fulgurante paso por el señorial recinto, era guardar educado silencio y esperar a que el personal de Seguridad llegase.

Para el polifacético y multidimensional Barriolibreros, fundamental era denunciar una vez más, en el seno de la comunidad que más amaba, la de los estudiosos salmantinos de las Letras, la estúpida y perenne campaña de De la Clase contra todo lo que no se ajustaba a su remilgada personalidad: el “neopaganismo” de quienes no profesaban su rancio catolicismo y con ello el teatro, la ciencia, la literatura, la música, la política, la espiritualidad, la moral y, en fin, la vida de “quienes insisten en el error y la desviación del libertinaje, el homosexualismo, el anarco comunismo, el gesto diablesco, un arte y una pseudociencia que reniegan de los clásicos y la suprema razón, y más perversiones que lo único que hacen es debilitar nuestra esencia castiza, católica y con todavía gran vocación de imperio, de responsable cabeza de, por lo menos, los casi 500 millones de castellano parlantes repartidos en el planeta”, como no tenía empacho en subrayar en sus trabajos universitarios y en sus insistentes excursiones en la prensa escrita de la región e, incluso, del país.

Cuando la tensión, multiplicada en el aire, parecía que iba a impulsar de nuevo a Don Diego a lanzar otra andanada de acusaciones contra, ni más ni menos, el señor vicerrector de la Universidad de Salamanca, cuatro gigantones vestidos de traje azul oscuro, que mínimo le sacaban doce centímetros de altura, le rodearon y le tomaron de hombros y brazos para “invitarlo” a salir del Palacio de Anaya, no sin antes esperar una seña de De la Clase en el sentido de si llamaban a la policía o simplemente lo echaban de ahí.

-¡Te juro, Marcelo de la Clase, que todos tus tejemanejes serán un día descubiertos! –berreaba desesperado Barriolibreros, una vez que los elementos de Seguridad entendieron que sólo era cuestión de darle una patada en el trasero hacia la Cuesta del Tostado, que quedaba a un lado de los edificios de la Facultad-. ¡Porque, para mí, que no ha sido casual el que de pronto aparezcas a escena con algo tan grueso como lo de la pobre joven ésa!

El vicerrector y bastante excelso profesor hizo una mueca con desenfado, subiendo y bajando rápido los hombros, ante las sonrisas congeladas de los circunstantes. Todos alcanzaron a oír un último grito de a quien, seguramente, ya llevaban a rastras a la altura de la enorme puerta del Palacio de Anaya.

-¡Los que son como tú han provocado todo esto! ¡Con su cerrazón han provocado esa desalmada muerte! ¡Escucha, hijo de pu…

viernes, 16 de abril de 2010

Seis

La teniente Vera Sánchez pidió a su auxiliar, el sargento Raúl Domínguez, se llevara el auto al despacho de la Guardia Civil. Él ya ni preguntó el por qué no la acompañaría, pues conocía de sobra la razón. Su superior realizaba el mismo ritual nada más comenzar una nueva investigación. Estuviese donde estuviese en la ciudad de Salamanca, se iba caminando hasta la Catedral Nueva. Y el Instituto de Medicina Legal no quedaba tan lejos.

Así que puso paso sobre paso, resoplando un poco y arrojando, por instantes, su vaho caliente al aire, pues el frío que parecía no irse nunca de la ciudad le pegaba de frente, en las mejillas, como hiriéndolas con sus múltiples agujitas. “En Salamanca, sayo, hasta el cuarenta de mayo”, se repitió a sí misma con una sonrisa más que divertida, paladeando el refrán popular con el que prácticamente había convivido desde que nació. Y vaya que si las costumbres y los decires salmantinos más tradicionales estaban en ella y su familia. Era, ni más ni menos, que una “Sánchez” y casi traía en la frente, como el lunar rojo de las hindúes, un botón charro, esa delicada y al mismo tiempo recia joya de platería tan representativa de la orfebrería de la región.

Desde donde partía y sólo doblando por un par de calles más adelante, ya podía ver su Torre del Evangelio y la cúpula, majestuosas, de uno de los monumentos religiosos más impresionantes de España –y no sólo de España sino de Europa y el mundo entero: la Catedral Nueva. Era como una peregrinación personal a esa mole de la piedra franca de Villamayor, que denominaban “Nueva”, a pesar de haberse empezado a construir en el siglo XVI, en relación con la Catedral “Vieja” que tenía al lado, misma que databa del período netamente románico (desde el siglo XII para ser exactos). “¡Y qué lujo tener dos catedrales como éstas!”, Vera misma se congratulaba.

Cuando llegó a la Plaza de Anaya, sintió el deseo de sacar de su gran bolso uno de los diarios que junto con la carpeta del reporte se le había entregado en el repaso necrológico de la joven asesinada en La Cueva –emplazamiento que, por cierto, no se hallaba tan distante de tal Plaza. Buscó una banca de roca medianamente soleada y se sentó. Quizá hubiera sido más reconfortante haberse guarecido en uno de los barecitos aledaños, acompañada, por supuesto, de un espresso humeante y bien cargado, pero también las ansias de ya entrar a la Catedral, que la esperaba como una inmensa madre amorosa, eran mayúsculas.

En las páginas del periódico volvió a comprobar lo pueriles, además de sensacionalistas, que pueden ser a veces los reporteros, no sin un dejo de enfado por el alto grado de irresponsabilidad que ello llega a entrañar. “…mmmhhhhjjjj…grupo de teatro Magia Oscura, mmhhh”, leía con su consabida velocidad. “¡¿A quién se le ocurre la insinuación de establecer un nexo entre esta tragedia y unos actorcillos que hacen su pobre representación en la Noche de San Juan?!”, se asombró. “Es como joder por joder solamente, por algo que…Ahhh…llamaron ¡en plena madrugada! al profesor Marcelo de la Clase…¡qué bárbaros!...¡gilipollas!...Por lo de que se trataba de una universitaria, pues sí…Y él opinó con su cantaleta de siempre, claro”. Fue, entonces, que le ganó un resoplido que denotaba, ahora, una incredulidad burlona.

Vera se detuvo en seco, meneando la cabeza: “¿Y otros sospechosos deberían ser sudamericanos? ¿Mexicanos, para ser más específicos? ¡Puffffff! ¡Cuánta estrechez!”. No sabía si reír o llorar con tanto disparate. Sin embargo, en ese momento quién sabe de dónde le vino a la mente la vieja premisa policiaca: En el trayecto al esclarecimiento de los hechos, nada debe descartarse… “Ajá”, se dijo más que irónica. “¿De verás hay que tirar de cuanto hilillo se nos vaya presentando u ocurriendo, más bien, así sin más y sin ton ni son?”.

Entonces, mientras la teniente de la Guardia Civil Vera Sánchez, investigadora de homicidios, y ahora vestida de paisana, revoloteaba entre este tipo de lecturas, reflexiones y especulaciones, muy cerca de ella, pegados al seto vecino, dos hombres se encontraban con una mujer. Eran el profesor de la Facultad de Filología -contigua a todos ellos- Luis de Orozko (vasco, ex fraile agustino) y los alumnos de ésta Julián García Martínez (becario mexicano, no tan joven ya) y una chica (de sugestivo y hasta despampanante aspecto, a pesar de vestir casi andrajosamente) a la que apodaban curiosamente La Bruja.

Julián había quedado con La Bruja, por teléfono, de encontrarse en plena Plaza de Anaya. Le llamó en cuanto leyó, en el periódico, sobre la dizque sutil y “posible” relación entre el asesinato de la joven de La Cueva, el día anterior, y el grupo de teatro Magia Oscura. Su amiga estaba deprimida, no quería asistir a clases, pero la convenció de la importancia de verse y “platicar”. En la Facultad, cuya sede es el muy neoclásico Palacio de Anaya, o en el edificio contiguo, conocido por todos como Anayita, ya encontraría al profesor Orozko para pedirle que los acompañara en el pensar a fondo sobre el qué hacer ante la casi (e idiota) incriminación del grupo de La Bruja en este lamentable y brutal hecho.

Vera observó unos segundos al singular trío. Creyó reconocer al profesor Orozko, pues hacía unos cuatro años había sido la comidilla de la ciudad al verse forzado a renunciar al sacerdocio y a su cátedra de Teología en la Universidad Pontificia. El Vaticano, más concretamente un muy ortodoxo y duro jefe de la Congregación para la Doctrina de la Fe (sucesora de la Sagrada Congregación de la Romana y Universal Inquisición, fundada en 1542 por el papa Pablo III), había hecho hasta lo imposible para acorralarlo. Primero prohibió sus libros; luego su labor docente y, cual tiro de gracia, su trabajo pastoral. Orozko no pudo más y decidió colgar los hábitos. Ahora, aunque se había pasado a la Universidad civil, para impartir asignaturas como la de literatura y cristianismo o las de filosofía, continuaba siendo todavía molesto para los sectores más conservadores de la Iglesia y la sociedad, pues no había dejado de difundir su muy liberal visión del catolicismo a través de numerosas editoriales, revistas y periódicos de circulación nacional e, incluso, internacional.

De los otros dos muchachos, ni idea. Vera apenas si los miró. Una morena alta, de formas generosas y con vestimenta hippie y sexy, que le recordaba a las gitanas, y el otro un hombre joven de treintaytantos, de piel más oscura que la chica, con aspecto mestizo centroamericano. “O sudaca, como dicen los xenófobos… ¿O hasta mexicano?...”.

Ellos, los tres, en diferentes tiempos, también si apenas se percataron de la presencia de la mujer de edad mediana, menuda, de cabello lacio castaño claro, que leía y hacía gestos y hasta discretos aspavientos en la banca de al lado. Concluyeron irse mejor al piso del profesor Orozko, descartando la primera opción surgida en la conversación: Las caballerizas, el bar de la Facultad, en Anayita mismo. Lo mejor era estar en un sitio en donde pudieran explayarse bien, sin miedo de ser escuchados y ubicados por oídos impropios. Y donde residía el profesor estaba cerca de ahí, en la Plaza de Los Basilios.

Casi impulsada por un mismo resorte, Vera se levantó de su lugar. Era momento de entrar a la Catedral Nueva; de ser prácticamente engullida por ese hermoso monstruo que tanta paz le proporcionaba y, sobre todo, claridad mental. La catedral con las naves más altas de España, junto con la de Sevilla. Una especie de mini-urbe de piedra preciosamente tallada desde sus pilares y puertas interiores hasta el magistral y apabullante juego de nervios de sus bóvedas, con un órgano impresionante y figuras religiosas de gran impacto, como Nuestra Señora de la Soledad y el Crucificado con cabello efectivamente humano.

Así, el trío y la mujer de melenita curiosa abandonaron, cada uno por su lado, la Plaza de Anaya. Sin saber nada de nada. Prácticamente se rozaron al ir cada cual a su próximo asentamiento, sin imaginar siquiera que el destino los había conducido hasta ahí y que ya no se separarían sus vidas hasta ocasionar en ellos el suficiente vértigo.

lunes, 29 de marzo de 2010

Cinco

La llamada anónima al 112 de emergencias, fue de una caseta telefónica de la Cuesta de Carvajal. Ahí se encuentra, precisamente, La Cueva. Era una voz con tono y acento de difícil ubicación. ¿Un extranjero? ¿O no? Un varón, sí que era. Y especificó que ahí dentro, en la parte vedada a los transeúntes, se distinguía un cuerpo desnudo de mujer, al parecer completamente inerte y sangrante. No sabía bien si tenía vida, pues desde la calle eso era imposible de verificar.

La policía local –que junto a la Cruz Roja acudió de inmediato- comunicó lo sucedido a la Guardia Civil. Así que junto a sus gendarmes y los paramédicos, estuvo ahí desde el levantamiento del cadáver algún personal de la misma.

El cuerpo completo fue mostrado en vivo y en directo a varios reporteros –que son para muchos guardianes del orden público unas muy molestas ladillas, con las cuales tienen que aprender penosamente a convivir. Por eso los detalles dados en sus diarios, el mismo día siguiente, sobre las marcas y la herida más grande e inquietante. No les bastó la notificación oficial de lo que estaba sucediendo. Se habían metido hasta en el Instituto de Medicina Legal, para seguir husmeando en la pobre muerta. No tenían respeto para nada en su supuesto “deber” de informar. Algunos de ellos –no en su totalidad, hay que aclarar- seducían, embaucaban, sobornaban a quien fuera menester para lograr sus bajunos objetivos.

Fue justamente ahí, en el Instituto, donde la inspectora Vera Sánchez estuvo en la necropsia realizada unas cuantas horas después, ya con los más tempranos rayos de sol afuera. Desde la madrugada, al poco tiempo del funesto descubrimiento, se le dio aviso que tenía que hacerse cargo de la investigación. Así que a primera hora ya repasaba el cuerpo de la jovencita con un médico forense y Raúl, su ayudante.

-Vaya que quisieron hacerle al artista con esta muchacha- musitó el agente, bastante sorprendido ante los símbolos delineados con escalpelo en la piel de la difunta.

-Por favor, guarde silencio, sargento Domínguez- le espetó inmediatamente Vera a su subordinado, quien aparte de ser un ejemplar del sexo masculino era mayor que ella.- Prosiga doctor, por favor…

Aunque la orden de tomar el caso en sus manos se le había transmitido de la manera más formal e impersonal, sentía Vera que había algo de chanza oculta en lo que sus superiores consideraban trabajos idóneos para ella. Se trataba del homicidio cometido contra una mujer, en una acción que bien podría denotar violencia misógino-machista. A la saña con que había sido tratado ese joven cuerpo femenino, podría adjudicársele perfectamente la etiqueta de “crimen de odio”.

Y si era cierto que estos asuntos le interesaban sobremanera, no dejaba de disgustarle que, en ocasiones, hasta con un mal disimulado aire festivo se los asignaran unos jefes hombres bastante tradicionalistas, que no terminaban de acostumbrarse a que en la Guardia Civil hubiese mujeres en servicio desde 1988.

Porque aunque Vera no se catalogaba a sí misma como una feminista, por lo menos no una feminista clásica y a ultranza, sí peleaba cotidianamente por lo que consideraba sus derechos como ser humano mujer, como gustaba denominarse. Y si en el ínter podía hacerse algo por el bienestar y desarrollo de sus congéneres, dentro 3y fuera de los ambientes policiales en los que se movía, pues lo hacía. Y nada más.

-Aparte de lo que le he explicado sobre los utensilios utilizados para realizar las incisiones y cortes en el cuerpo, teniente Sánchez- prosiguió el forense-, me han dejado este reporte para usted.

Vera tomó la carpeta y empezó a auscultarla.

El galeno y el subalterno veían y escuchaban en silencio el pase apresurado de páginas del pequeño informe. A pesar de su menuda figura, su suave y casi juguetona melena lacia color castaño claro, sus facciones de cara finísimas, Vera era un torbellino implacable. En su propio nombre llevaba su calidad de sabueso siempre tras el hueso de la verdad. Un nombre que, al parecer, provenía del latín. “La que busca la verdad”, podría ser uno de sus sentidos más hondos. Y a eso se abocaba siempre. A descubrir la verdad, estuviese donde estuviese, le gustase o disgustase a quien fuera. Por tal actitud había ascendido tan rápido. Quizá era la intuición de todo ello, lo que hacía que ambos varones la contemplaran admirados en plena acción laboral y hasta tópicamente detectivesca.

El breve documento que casi escaneaba con sus ávidos e intensos ojos azules, acompañado con fotografías del cuerpo yacente y otras ilustraciones, trataba de dar una primera explicación de lo que a la par volvía a repasar ella misma con su aguda y ahora preocupada mirada. El vaivén iba de los papeles a la piel torturada de la joven y de regreso, como en un péndulo inquisitivo. Con las heridas ya secas y limpias, podían localizarse en el vientre bajo, muy claramente, la Cruz Invertida y la “S” satánica. De igual manera, el 666, la “A” de la Anarquía, la Triqueta Celta y el Puñal Vacceo repartidos por toda la espalda.

Se trataba de seis elementos. “El número del Mundo”, leyó. “El Mundo se hizo en seis días según el Génesis bíblico”, sugería el texto valorativo preparado expresamente para sus pesquisas iniciales.

La Cruz Invertida, el 666 y la “S” satánica podían aludir a ideas ya bastante popularizadas en cuanto a su asociación con el satanismo. Incluso, la “S” satánica -que en realidad es una doble “S” y que igual puede llevar al rayo destructor de Zeus o a la caída del diablo del Cielo, y que aparece en el logotipo de un muy conocido grupo de rock estadounidense- era susceptible de una lectura política por su vinculación con la “SS” nazi, cuerpo de combate de élite del dictador Adolfo Hitler.

Por otro lado, la “A” de Anarquía también podría sugerir connotaciones políticas, sobre todo por su liga a los nuevos colectivos de protesta altermundistas o globalifóbicos. En los últimos años, se había convertido en un signo muy socorrido por la juventud rebelde.

La Triqueta Celta, a su vez, quizá remitía a los recientes cultos neopaganos que se centran en la divinidad como ente eminentemente femenino. En particular a Wicca, la secta religiosa de hechiceros de supuesta magia blanca. El Puñal Vacceo enfatizaba, por su parte, el aspecto celtíbero de estas tendencias, al tratarse de un distintivo más claramente autóctono.

Los símbolos no eran difíciles de conocer y desentrañar. No era necesario un criptógrafo o algo similar. Las opciones parecían reducirse a dos: O quienes los infligieron eran personas más bien cercanas a lo ordinario, o trataban de comunicarse mediante señales que “todo mundo” o la mayoría entendieran.

“¿Pero para qué?”, reflexionó Vera. “Un asesinato así, con tal grado de exposición comunitaria de la víctima, no es natural en un grupo o una persona que prefieran mantenerse en la clandestinidad; una clandestinidad que les facilite practicar sus ritos y creencias con libertad… Más bien indica que se pretende cierta comunicación con la sociedad en donde se desenvuelven”.

Luego estaba el acto más impresionante: la extracción del corazón y su desaparición del ámbito del cadáver. ¿Eso también era simbólico? Lo más probable es que sí. ¿Pero a qué conducía?

Vera decidió apurar la ojeada a las notas que tenía en la mano –ya volvería a leerlas, a abundar en sus declaraciones y sugerencias, a investigar y pensar más en lo que planteaban. Y rápido pasó de los sacrificios humanos practicados en las religiones celtas de la Edad de Bronce a actos de adoración a los dioses en Escandinavia. Registró los nombres de Roma y Cartago. Así como la palabra “Biblia” y la historia de Abraham e Isaac. Luego arrastró su atención por los vocablos “Grecia”, “India” y “Norte de África”. Y hasta se detuvo un poco en la mención de los autos de fe de la Inquisición europea, con sus acusados de brujería muertos en la hoguera.

Pero, específicamente, en la extracción de corazón como práctica sacrificial mesoamericana es donde hizo un alto total. Sobre todo en la mención del México prehispánico. Se les realizaba a niños, a esclavos adultos de tribus enemigas y, particularmente, a doncellas.

-¿Qué tiene que ver esto, aquí?- pensó en voz alta.
-¿Qué dice, teniente?- reaccionaron prácticamente al unísono su ayudante y el funcionario del Instituto de Medicina Legal.
-Nada, señores, nada…estoy cavilando…

El rompecabezas estaba servido.

¿Aquello era expresión pura de machismo/odio a la mujer? ¿O era satanismo? ¿Brujería? ¿Brujos, brujas a fines del siglo XX? ¿Y los elementos céltico-vacceos -tan propios de la Salamanca en donde se hallaban? ¿Y la extracción de corazón, que más parecía del tipo mexicano?

Muchas las preguntas.

Y apenas comenzaba. Vera sabía que no iba a parar hasta alcanzar la verdad. La compulsión había sido puesta en marcha.

lunes, 15 de marzo de 2010

Cuatro

“En definitiva, nunca falta algún error”, alcanzó a pensar, fugazmente, el que parecía llevar el ritmo del acto funesto. En forma soslayada, repasó apenas al intruso que se apostó breves instantes en el umbral de la puerta del rojizo, sombrío y nebuloso salón. Los agujeros del capirote, por donde veía, no le permitían escudriñar a quien se estaba convirtiendo en testigo incómodo de lo que nadie, salvo sus protagonistas directos, debía presenciar.

Y de veras que no podía dedicarle mucha atención. Ni regañar a quienes supuestamente resguardaban la entrada a la casona, por haberlo dejado pasar hasta ahí. Ni enviar a algún otro a hacerlo. Era el punto culminante.

La jovencita no había resistido gran cosa. El dolor fue insufrible. Y el asco y el pudor la devastaron. A querer y no, él debía aceptar, por más repulsión que le causara, que la había gozado junto con sus otros cómplices, incluyendo a la exquisita y remilgada Cinnia, que se empeñó en acompañarlos para supervisar el espantoso hecho. También ella disfrutó la manipulación y las incisiones en las partes más secretas de aquella tan fresca anatomía. Aunque no estaba en los planes; se trataba de sólo hacer las marcas, la hendidura y la extracción. Pero ni modo. Su cercanía a las más profundas motivaciones espirituales, no les impedía sentir placer, como los seres humanos que eran, al ser estimulados en lo que denominan bajos instintos. Y tan atractiva, la muchacha. Y su carne tan lozana, palpitante, rica, y a su entera disposición. Esas zonas prohibidas eran realmente un imán.

Finalmente murió, sí. Había perdido una considerable cantidad de sangre. Un infarto le dio la calma. La inyección también había hecho su papel. Pobre niña. Pero todo era por la Alta Causa que los había congregado. Una mártir, podría decirse. Involuntaria, hija de un azar que él sabía perfectamente no existía, pero al fin mártir.

Con el escalpelo, dibujó lo mejor y más pronto que pudo los símbolos en aquella espalda tersa y en ese vientre planísimo - calientes aún, pero ya con la muerte a cuestas. Había poco tiempo qué gastar. Ophiel quería que lo hiciera también en alguno de sus glúteos o pechos. Su estupidez y su perversión no tenían límite.

-¡Mira que contaminas este momento, imbécil!- le dijo, lanzándole su mirada más fiera.

-¡Déjense de idioteces y continúa, Hermes!- ordenó Cinnia-. ¡Debemos terminar ya!

Algo de sangre empezaba a manar también de los trazos realizados con su precisión de cirujano. Con ellos se aludía a la Cruz Invertida, el 666, la “S” satánica, la “A” de la Anarquía, la Triqueta Celta y el Puñal Vacceo. Era un verdadero artista para punzar, delinear y expresar los mensajes deseados por la Hermandad.

Ya no había retorno.

-Prosigue…- musitó, prácticamente extasiada, Cinnia.

Cuando empuñó el bisturí, enfilando hacia la región aledaña al pecho izquierdo de aquel dulce cadáver, que como desvalido e inocente cordero pascual femenino tenía sobre la amplia mesa, Hermes reflexionó, en un parpadeo, si nada más él había reparado en el enigmático individuo que de súbito los acompañaba: Todo en él era de color negro. Algo estrambótico el enorme sombrero que portaba. También el abrigo, su pelo largo, las botas altas, la capa. Estaba embozado; no se distinguía enteramente con qué, pero sólo refulgían entre tanta oscuridad sus ojos. Unas pupilas tan brillantes que se veían rojas. ¿O sería por el color de las paredes del excéntrico lugar?

Hizo el corte profundo. Metió los dedos enguantados en látex. Removió lo necesario. Luego, yendo más a fondo, un pequeño esfuerzo. Se escuchó chasquear. Sacó el corazón de la mujer.

Y todos quedaron como hipnotizados, mudos, al ver el pedazo de músculo sobre su mano derecha, chorreante y casi humeando. Todos, incluido el inesperado y turbador visitante, quien sólo emitió un prolongado suspiro y dio media vuelta para retirarse y desaparecer con su abismal negrura en la negrura espesa del pasillo hacia la calle, hacia la Plaza de Anaya y hacia La Cueva.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Tres

“Macabro hallazgo en La Cueva:
Encuentran a mujer brutalmente asesinada”

“Descubren cadáver de mujer en La Cueva”

“La Policía halla el cadáver de una joven en La Cueva: al parecer estudiaba en la Universidad”

La mayoría de los encabezados de los diarios del día siguiente invitaban a la intriga y al morbo. En alguno de los rotativos, de plano, ocupó el espacio principal de su portada. Calixto los repasaba, angustiado, en el quiosco de la Plaza del Corrillo, en uno de los accesos a la Plaza Mayor, que de lunes a viernes, al menos, cruzaba siempre camino a la Facultad.

“Es cierto que no era tan tarde”, pensó aguzando instintivamente su leve olfato periodístico -desarrollado cuando fungió como reportero de aquel vespertino del Norte de México, en donde laboró para poder pagarse sus estudios de bachillerato. “Sí, por eso pudo entrar, todavía, en la edición de hoy”.

“Y se evidencia que no hay mucha noticia fuerte –todos los días- en esta ciudad tan contradictoria…tan cosmopolita y tan paleta al mismo tiempo…La mayoría de las redacciones le hicieron un hueco importante para que ¡hoy mismo! saliera impresa”, continuaba su reflexión técnica, mientras pagaba el importe al dependiente del localito. “¿Una nota de sucesos puede llevarse el máximo titular de una primera plana, cuando ni víctima ni victimario -o victimarios- son aún plenamente identificados?”.

Entendía que en una sociedad “híper-escolarizada” o “universitario-céntrica”, como la salmantina, fuera noticia de ocho columnas la designación de un profesor de su universidad como presidente de la Real Academia (“algo que no sucede en la prensa escrita de las dizque metrópolis, por ejemplo”). Pero que se pensara la nota más destacable, según algún editor en jefe, un acontecimiento tan grotesco y sangriento –y todavía muy borroso e indefinido- no lo podía concebir.

Decidió, luego, no continuar rumbo a su clase. Tampoco eligió quedarse en la umbrosa y húmeda Plaza del Corrillo, a pesar de que tanto le gustaba ese rincón de la pequeña y maravillosa ciudad-museo en donde ahora residía. El frío calaba bastante y prefirió una banca en media Plaza Mayor, tibiamente acariciada por los débiles rayos del sol de la mañana. Ahí podría devorarse tranquilamente la noticia de la que ya se sentía parte muy íntima…demasiado…inquietantemente íntima.

El diario que compró le recordaba lo visto y vivido la noche anterior. Efectivamente, debajo de la sábana blanca, muy manchada de sangre de la altura de los senos hasta el sexo, se podía prefigurar un cuerpo joven -delgadón para sus gustos, pero de muslos invitantes, bien proporcionado... “¿Quién sería? Aquí se dice que era una estudiante universitaria, de la universidad civil. Aunque no se da el nombre…y hasta pareciera que no han logrado identificarla en forma cabal. ¿Estaría en la Facultad?” –susurró entre dientes, ya acojonado, en verdad, y con un repentino escalofrío recorriéndolo prácticamente de cabo a rabo.

Calixto se percató de que la nota no daba cuenta de lo que con exactitud pudo haber pasado a la muchacha. Se especulaba ahí que quizá había sido víctima de un rito satánico, y hasta se lanzaba la insinuación de su probable vinculación con reportes recientes sobre ceremonias extrañas denunciadas por los vecinos y la presumible proliferación, a últimas fechas, de organismos pro-brujería. “Que es muy posible que nunca desaparecieran del todo, en una Salamanca que junto con Toledo fue uno de los centros nigrománticos españoles y europeos de mayor relevancia en la Edad Media”, acotó para sí mismo.

Se había torturado a la chica. Manipularon horriblemente sus genitales, su recto, sus pezones. La espalda y el vientre tenían símbolos que las ideas populares asocian al culto del Diablo, trazados, al parecer, con un bisturí. Pero el descubrimiento más pavoroso fue el gran corte junto a su pecho izquierdo. Faltaba el corazón.

Los elementos reunidos indicaban que, obviamente, la presunta liturgia asesina no se realizó en La Cueva; ni en una de las casas y edificios adyacentes. Sin embargo, la mujer, desnuda y ya sin vida, había sido localizada unos cuantos minutos después de que finalmente expirara. La sangre, la carne, las heridas, estaban fresquísimas y su piel aún caliente. Es decir, la mataron en otra parte –no muy lejos- e inmediatamente la colocaron ahí. Una voz anónima, desde una cabina telefónica cercana, había dado aviso a la Policía y la Cruz Roja.

“¿Sería el vato tan tenebroso que vi, quien dio el pitazo? ¿Participaría en este espeluznante hecho? Aunque parecía que apenas iba hacia el asentamiento donde se develaría el homicidio… ¿Lo vi realmente, se escurrió junto a las paredes de la Catedral, o serían la litrona de cerveza y las fumaditas al porro, junto a la lúgubre atmósfera que enfatizaba la niebla, las que atizaron fantasiosamente en mí esa figura tan desconcertante?”. Y luego le vino el estruendo maldito de las cigüeñas en celo, que envuelve a esa hora a la Plaza de Anaya, dándole un carácter más alucinante al lugar. En serio que todo estaba sumido en una especie de lobreguez esperpéntica, que puede llevar a cualquiera al borde de la locura.

“¡Y cámara!: Aquí aluden a la pretensión de una de las cofradías religiosas de la ciudad para que prohíban las representaciones ‘paganas’, como la de la Noche de San Juan, del grupo de teatro Magia Oscura…”. Aspiró todo el aire del que fue capaz, muy preocupado. “¿Con qué intención? ¿Qué quieren decir este reportero y su periódico estúpidos? ¡Si lo que hacen estos compas no pasa de ser una simple dramatización artística, entretenimiento inocuo, turístico, como es casi todo en esta urbecilla, cual ninfeta cursi, besada y medio manoseada por el Tormes!”, resopló después, airado porque eso podría implicar a su amiga La Bruja. Esa compañera tan especial, estudiante de la muy decana, noble, canónica y prestigiosa Universidad de Salamanca, que era una excelente actriz y de la que muy pocos en Filología sabían que oficiaba de prostituta para ganarse el pan.

De repente le azotó a Calixto la urgencia de ir a buscarla. Las cosas podrían complicársele con una acusación disfrazada de inocente asociación “espontánea”: De un asesinato concreto a un hipotético acto de satanismo; del miedo al Diablo a quienes propugnan, supuestamente, la vuelta a los valores paganos; de un tímido rescate de las tradiciones celtas y vacceas a un grupo de teatro sospechosamente festivo y atrevido; de una celebración que incomodaba a los más conservadores de la antigua Salmantica a una referencia que podría incriminar a La Bruja y sus amigos actores en algo realmente terrible.

sábado, 20 de febrero de 2010

Dos

La Bruja. Así le pusieron desde que comenzó a trabajar en la casa de citas “El Secreto Mejor Guardado”. No sólo su físico era extraño, diferente, no feo sino raro; también su manera de hablar, de mirar, de comportarse. ¿Era española? ¿Medio gitana? Tenía parientes en Andalucía, aunque también en Israel, entre ésos que hablan un castellano tan anticuado, ininteligible, casi medieval, los sefardíes.

Celeste, la madame del elegante puticlub, le había cogido cariño. Mucho. A pesar de asegurar que la vio alguna vez realizar rituales demoníacos, con gato negro, pócimas humeantes, velas de olor exótico y demás. Incluso sabía que en algunas noches, después de las locas campanadas de cierta iglesia, solía abandonar el piso donde ejercían en la Calle del Féretro y salir a pleno campo charro con un grupo de amigas, también muy extravagantes, a hacer “cuanta barbaridad uno se pueda imaginar”. En ciertas ocasiones, contaba con voz más baja, un personaje demasiado misterioso solicitaba los servicios de la muchachita. Un hombre ataviado todo de negro, de sombrero ancho y capa, con la cara cubierta por un pañuelo o por un pasamontañas. De la habitación que ocupaban surgían sonidos desconcertantes. Se sentía una especie de aumento en la temperatura general y una espeluznante luminosidad se entreveía, con destellos como de ardientes llamas, en el espacio que se hallaba debajo de aquella puerta.

Esa noche, que era la noche libre de La Bruja, Celeste la vio llegar como a la una y media de la madrugada. Muy temprano, en verdad, para ser una noche en que ella podía hacer absolutamente lo que su real y amplísima voluntad le dictara. Parecería que la marcha se le había acabado demasiado pronto. Tocó el interfono y rogó con atropellamiento que le abriesen –la llave la había olvidado o perdido. Con la mirada baja y sumamente nerviosa, temblando casi, atravesó el vestíbulo entre clientes deseosos y compañeras suyas artificiosamente seductoras. Se encerró en su recámara dando un portazo.

-¡Pero qué sucede, niña! ¿Quieres abrirme, por favor?- le susurró determinante, aunque con sigilo para no espantar a la concurrencia, una vez que siguió la apesadumbrada estela que había dejado su ahora acongojada pupila.

-¡Ay, señora Celeste, déjeme, que estoy muy cansada- respondió La Bruja, con ese tono casi gutural, pero muy dulce, con que hablaba.

-Anda, ábreme la puerta. Quiero saber qué pasa.

La Bruja tenía el larguísimo cabello mucho más revuelto que de costumbre. El rímel corrido por sus bronceadas mejillas enfatizaba los intensos ojos verdicafés. Su carnosa boca, entreabierta, acompañaba la dificultosa respiración, agitadísima, con la que sus grandes pechos subían y bajaban.

-¿Qué tienes?- preguntó muy intrigada Celeste, una vez dentro del cuarto.

-Nada, señora, no me pasa nada.

-¿Cómo que nada? ¡Mira en qué estado te encuentras! ¿Te asaltaron o algo?- soltó Celeste, tomándola del brazo, muy preocupada por verla llegar sin abrigo, a pesar de que afuera se hallaban a algún grado bajo cero, y con el escote de la blusa abierto de más.

-No, señora. Nada de eso.- contestó La Bruja, liberando discretamente su brazo de la mano de su patrona. Respiró hondo y musitó-. Es que hubo follón con los del Grupo.

-¿Los del teatro, esa cosa o lo que sea? ¿Con los que actúas en La Cueva cada Noche de San Juan?

-Sí, ésos, señora.

-¿Y qué fue lo que pasó?- insistió la vieja pero aún bella mujer que era Celeste, a pesar de tanta cirugía de por medio.

-Nada fuera de lo normal, señora. Alguna riña. Alguien hizo algo que no se debía. Tonterías…- la trató de tranquilizar La Bruja, al momento de perder la mirada hacia la esquina más oscura de la estancia en penumbras. A partir de ahí no dijo más. Se quedó como catatónica, inmóvil, por lo que Celeste no pudo sino mascullar algún “qué pases buena noche”, darle un apretón al hombro y salir cargada de dudas y mortificación.

Esa noche La Bruja no durmió. Se dejó llevar por la caída interminable a través de un Hoyo Negro que la envolvía con un vértigo indescriptible. Apretaba con fuerza sus párpados y escenas fatídicas se entrecruzaban como cometas dementes en una infinita región vacía. Nunca había vuelto de una sesión con sus amigos del Grupo tan alterada. El año entero se la pasaban estudiando, leyendo, ensayando, discutiendo la magna puesta en escena de cada Noche de San Juan, donde representaban la pugna de la antigua fiesta pagana que celebra el solsticio de verano y la apropiación/confiscación de la misma por la posterior tradición cristiano-católica. Siempre aguardaba con ellos, exultante, el momento de recorrer el trecho entre La Cueva y el teatro-bar que los acogía para montar frente a éste la apoteósica Hoguera, en donde las diferencias se diluían con el lánguido crepitar del fuego y sólo había lugar para el placer y la felicidad.

Sin embargo, esa noche cualquier cosa se pudo haber sentido menos gozo. Una niebla cada vez más espesa parecía secuestrar a la ciudad, extendiéndose desde el legendario casco viejo hasta posarse en las aguas del silente río Tormes. Los pensamientos extraviados de La Bruja parecían ir en ese caudal hacia ninguna parte. Su cuerpo entero se estremecía por la fiebre. Su alma ya no estaba ahí.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Uno

La sábana se hallaba muy manchada de sangre, fresca aún, cubriendo apenas el cuerpo desnudo de la joven. Sus formas se adivinaban sutilmente armoniosas, y unos bien cuidados pies, muy pálidos, salían de la tela. De pronto el brazo derecho resbaló y el paramédico de bigote lo volvió a colocar dentro de la camilla. Era más de medianoche.

El viento silbaba y se colaba entre el tejido caótico de los murmullos de los escasos espectadores de la tétrica escena y el intercambio de mensajes a través de los radios y teléfonos móviles, emitidos dentro y alrededor de la ambulancia y la patrulla.

Las luces rojas y azules hacían su patética parte golpeando casi salvajemente el rostro de Calixto. Pareciera que le mordieran las mejillas, provocándole un ligero ardor. Igual sentirían sus amigos, quienes entre el mareo de la cerveza y el dulce sopor del cannabis se vieron también impelidos a desentrañar las sirenas alarmantes que se habían estacionado en las inmediaciones de La Cueva.

“¿Quién fue o quiénes fueron?”, se preguntó el desgarbado becario mexicano. “De seguro esta chica estudiaba en la Universidad”.

Minutos antes, una sombra había pasado rozando los muros de la Catedral, como el relámpago negro de un ángel del Diablo perseguido por el peor de los castigos. ¿Sólo le vio él, con ese abrigo oscuro, el cabello al parecer muy largo y ese tosco sombrero, tan pasado de moda? ¿Llevaba una capa, acaso?

César y Ahmed, en el preciso momento de su fugaz visión, tocaban y cantaban, absortos, con la vieja guitarra que se habían robado quién sabe de dónde. Mónica no hacía más que lanzar suspiritos, sentada con la cabeza entre las piernas. Y únicamente él, Calixto García, pudo verlo desde la escalinata del palacio dieciochesco de la Facultad, sobre todo porque tenía de frente el imponente y espectral templo.

Poco después vino el pequeño escándalo del ruido y los colores giratorios de los faros de la Policía y la Cruz Roja, que llegaban de ese lugar tan cercano a donde estaban –La Cueva, aún enigmática a pesar de haber sido reducida a sitio “obligado” para la foto turística.

Del misterioso personaje no había podido ver mucho. Mas ahora su extraña figura empezaba a imprimírsele en lo más profundo de su ser, cada vez con mayor fuerza a partir de ese cadáver calculado hermoso, lleno de luz a pesar de la semipenumbra circundante y de ir cubierto por el pudor fúnebre.

¿Quién era ése que de repente surgió como filo de cuchillo partiendo al más frágil de los turrones? “¿Sería tal tipo quien asesinó a la muchacha?”, empezó a preguntarse. Había transcurrido un tiempo demasiado breve desde que le vio deslizarse junto a la famosa piedra de Villamayor, con la que está construida la tardíamente gótica Catedral Nueva. “No se escucharon gritos”, recordó bien. “¿Y cómo pudo haber llegado aquella mujer sin ropa y sin vida hasta el interior de La Cueva, si no parecía que trajera con él cargando bulto alguno?”.

Cierto era que la niebla de Salamanca se había tragado la imagen de aquel fantasma que, al parecer, sólo Calixto registró con sus adormilados ojos; esa niebla que confunde realidad e imaginación, sueño plácido y pesadilla, invitación al recogimiento y al crimen, y que engulle todo lo que le da la gana y cuando quiere.

sábado, 13 de febrero de 2010

Notita

Querido,

mira que me ha llamado la atención el contenido de este disco. No sólo porque habla de ésta ya tan nuestra Salamanca, y por haber sido escrito, al parecer, por alguien de las Américas, sino por su curioso batiburrillo de literatura y vida. Hay casi de todo: misterio, suspenso, asesinatos, sexo, magia negra, amor, religión, política…de veras que está de flipar.

Y mete a cada personaje y hasta zarandea a algunas de las instituciones “más intocables” -aquí sí que menos se sabe dónde termina la ficción y dónde comienza la vida real, y viceversa…

No tiene firma el manuscrito electrónico y no creo que valga mucho, literariamente hablando, aunque sí entretiene. Estaba tirado en plena calle, en la cuesta de El Tostado. Compré unas cosillas en la papelería que está por San Pablo y, de camino a Anayita, me topé con él. Como tampoco tenía ni una sola anotación o etiqueta que indicase de quién podía ser, pues me lo he quedado y punto.

Qué quieres, majo, así soy yo, “una coleccionista -y lectora- de cosas inútiles encontradas al azar”, como dices.

Anda, te lo dejo y mételo a la rajita del portátil, como tú también le llamas al acordarte de ya sabes qué...mmmmhhh... ¡Ja! Ya le leí y me distrajo, pues, al menos. Llévatelo en la maleta o, si te apetece mejor, imprímelo y dale una ojeada en Barcelona, cada vez que te aburras de las horrorosas vacaciones (y de ver tanta teta cutre en la playa...eso espero).

Vale.

Tu Elena.