sábado, 20 de febrero de 2010

Dos

La Bruja. Así le pusieron desde que comenzó a trabajar en la casa de citas “El Secreto Mejor Guardado”. No sólo su físico era extraño, diferente, no feo sino raro; también su manera de hablar, de mirar, de comportarse. ¿Era española? ¿Medio gitana? Tenía parientes en Andalucía, aunque también en Israel, entre ésos que hablan un castellano tan anticuado, ininteligible, casi medieval, los sefardíes.

Celeste, la madame del elegante puticlub, le había cogido cariño. Mucho. A pesar de asegurar que la vio alguna vez realizar rituales demoníacos, con gato negro, pócimas humeantes, velas de olor exótico y demás. Incluso sabía que en algunas noches, después de las locas campanadas de cierta iglesia, solía abandonar el piso donde ejercían en la Calle del Féretro y salir a pleno campo charro con un grupo de amigas, también muy extravagantes, a hacer “cuanta barbaridad uno se pueda imaginar”. En ciertas ocasiones, contaba con voz más baja, un personaje demasiado misterioso solicitaba los servicios de la muchachita. Un hombre ataviado todo de negro, de sombrero ancho y capa, con la cara cubierta por un pañuelo o por un pasamontañas. De la habitación que ocupaban surgían sonidos desconcertantes. Se sentía una especie de aumento en la temperatura general y una espeluznante luminosidad se entreveía, con destellos como de ardientes llamas, en el espacio que se hallaba debajo de aquella puerta.

Esa noche, que era la noche libre de La Bruja, Celeste la vio llegar como a la una y media de la madrugada. Muy temprano, en verdad, para ser una noche en que ella podía hacer absolutamente lo que su real y amplísima voluntad le dictara. Parecería que la marcha se le había acabado demasiado pronto. Tocó el interfono y rogó con atropellamiento que le abriesen –la llave la había olvidado o perdido. Con la mirada baja y sumamente nerviosa, temblando casi, atravesó el vestíbulo entre clientes deseosos y compañeras suyas artificiosamente seductoras. Se encerró en su recámara dando un portazo.

-¡Pero qué sucede, niña! ¿Quieres abrirme, por favor?- le susurró determinante, aunque con sigilo para no espantar a la concurrencia, una vez que siguió la apesadumbrada estela que había dejado su ahora acongojada pupila.

-¡Ay, señora Celeste, déjeme, que estoy muy cansada- respondió La Bruja, con ese tono casi gutural, pero muy dulce, con que hablaba.

-Anda, ábreme la puerta. Quiero saber qué pasa.

La Bruja tenía el larguísimo cabello mucho más revuelto que de costumbre. El rímel corrido por sus bronceadas mejillas enfatizaba los intensos ojos verdicafés. Su carnosa boca, entreabierta, acompañaba la dificultosa respiración, agitadísima, con la que sus grandes pechos subían y bajaban.

-¿Qué tienes?- preguntó muy intrigada Celeste, una vez dentro del cuarto.

-Nada, señora, no me pasa nada.

-¿Cómo que nada? ¡Mira en qué estado te encuentras! ¿Te asaltaron o algo?- soltó Celeste, tomándola del brazo, muy preocupada por verla llegar sin abrigo, a pesar de que afuera se hallaban a algún grado bajo cero, y con el escote de la blusa abierto de más.

-No, señora. Nada de eso.- contestó La Bruja, liberando discretamente su brazo de la mano de su patrona. Respiró hondo y musitó-. Es que hubo follón con los del Grupo.

-¿Los del teatro, esa cosa o lo que sea? ¿Con los que actúas en La Cueva cada Noche de San Juan?

-Sí, ésos, señora.

-¿Y qué fue lo que pasó?- insistió la vieja pero aún bella mujer que era Celeste, a pesar de tanta cirugía de por medio.

-Nada fuera de lo normal, señora. Alguna riña. Alguien hizo algo que no se debía. Tonterías…- la trató de tranquilizar La Bruja, al momento de perder la mirada hacia la esquina más oscura de la estancia en penumbras. A partir de ahí no dijo más. Se quedó como catatónica, inmóvil, por lo que Celeste no pudo sino mascullar algún “qué pases buena noche”, darle un apretón al hombro y salir cargada de dudas y mortificación.

Esa noche La Bruja no durmió. Se dejó llevar por la caída interminable a través de un Hoyo Negro que la envolvía con un vértigo indescriptible. Apretaba con fuerza sus párpados y escenas fatídicas se entrecruzaban como cometas dementes en una infinita región vacía. Nunca había vuelto de una sesión con sus amigos del Grupo tan alterada. El año entero se la pasaban estudiando, leyendo, ensayando, discutiendo la magna puesta en escena de cada Noche de San Juan, donde representaban la pugna de la antigua fiesta pagana que celebra el solsticio de verano y la apropiación/confiscación de la misma por la posterior tradición cristiano-católica. Siempre aguardaba con ellos, exultante, el momento de recorrer el trecho entre La Cueva y el teatro-bar que los acogía para montar frente a éste la apoteósica Hoguera, en donde las diferencias se diluían con el lánguido crepitar del fuego y sólo había lugar para el placer y la felicidad.

Sin embargo, esa noche cualquier cosa se pudo haber sentido menos gozo. Una niebla cada vez más espesa parecía secuestrar a la ciudad, extendiéndose desde el legendario casco viejo hasta posarse en las aguas del silente río Tormes. Los pensamientos extraviados de La Bruja parecían ir en ese caudal hacia ninguna parte. Su cuerpo entero se estremecía por la fiebre. Su alma ya no estaba ahí.

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