La llamada anónima al 112 de emergencias, fue de una caseta telefónica de la Cuesta de Carvajal. Ahí se encuentra, precisamente, La Cueva. Era una voz con tono y acento de difícil ubicación. ¿Un extranjero? ¿O no? Un varón, sí que era. Y especificó que ahí dentro, en la parte vedada a los transeúntes, se distinguía un cuerpo desnudo de mujer, al parecer completamente inerte y sangrante. No sabía bien si tenía vida, pues desde la calle eso era imposible de verificar.
La policía local –que junto a la Cruz Roja acudió de inmediato- comunicó lo sucedido a la Guardia Civil. Así que junto a sus gendarmes y los paramédicos, estuvo ahí desde el levantamiento del cadáver algún personal de la misma.
El cuerpo completo fue mostrado en vivo y en directo a varios reporteros –que son para muchos guardianes del orden público unas muy molestas ladillas, con las cuales tienen que aprender penosamente a convivir. Por eso los detalles dados en sus diarios, el mismo día siguiente, sobre las marcas y la herida más grande e inquietante. No les bastó la notificación oficial de lo que estaba sucediendo. Se habían metido hasta en el Instituto de Medicina Legal, para seguir husmeando en la pobre muerta. No tenían respeto para nada en su supuesto “deber” de informar. Algunos de ellos –no en su totalidad, hay que aclarar- seducían, embaucaban, sobornaban a quien fuera menester para lograr sus bajunos objetivos.
Fue justamente ahí, en el Instituto, donde la inspectora Vera Sánchez estuvo en la necropsia realizada unas cuantas horas después, ya con los más tempranos rayos de sol afuera. Desde la madrugada, al poco tiempo del funesto descubrimiento, se le dio aviso que tenía que hacerse cargo de la investigación. Así que a primera hora ya repasaba el cuerpo de la jovencita con un médico forense y Raúl, su ayudante.
-Vaya que quisieron hacerle al artista con esta muchacha- musitó el agente, bastante sorprendido ante los símbolos delineados con escalpelo en la piel de la difunta.
-Por favor, guarde silencio, sargento Domínguez- le espetó inmediatamente Vera a su subordinado, quien aparte de ser un ejemplar del sexo masculino era mayor que ella.- Prosiga doctor, por favor…
Aunque la orden de tomar el caso en sus manos se le había transmitido de la manera más formal e impersonal, sentía Vera que había algo de chanza oculta en lo que sus superiores consideraban trabajos idóneos para ella. Se trataba del homicidio cometido contra una mujer, en una acción que bien podría denotar violencia misógino-machista. A la saña con que había sido tratado ese joven cuerpo femenino, podría adjudicársele perfectamente la etiqueta de “crimen de odio”.
Y si era cierto que estos asuntos le interesaban sobremanera, no dejaba de disgustarle que, en ocasiones, hasta con un mal disimulado aire festivo se los asignaran unos jefes hombres bastante tradicionalistas, que no terminaban de acostumbrarse a que en la Guardia Civil hubiese mujeres en servicio desde 1988.
Porque aunque Vera no se catalogaba a sí misma como una feminista, por lo menos no una feminista clásica y a ultranza, sí peleaba cotidianamente por lo que consideraba sus derechos como ser humano mujer, como gustaba denominarse. Y si en el ínter podía hacerse algo por el bienestar y desarrollo de sus congéneres, dentro 3y fuera de los ambientes policiales en los que se movía, pues lo hacía. Y nada más.
-Aparte de lo que le he explicado sobre los utensilios utilizados para realizar las incisiones y cortes en el cuerpo, teniente Sánchez- prosiguió el forense-, me han dejado este reporte para usted.
Vera tomó la carpeta y empezó a auscultarla.
El galeno y el subalterno veían y escuchaban en silencio el pase apresurado de páginas del pequeño informe. A pesar de su menuda figura, su suave y casi juguetona melena lacia color castaño claro, sus facciones de cara finísimas, Vera era un torbellino implacable. En su propio nombre llevaba su calidad de sabueso siempre tras el hueso de la verdad. Un nombre que, al parecer, provenía del latín. “La que busca la verdad”, podría ser uno de sus sentidos más hondos. Y a eso se abocaba siempre. A descubrir la verdad, estuviese donde estuviese, le gustase o disgustase a quien fuera. Por tal actitud había ascendido tan rápido. Quizá era la intuición de todo ello, lo que hacía que ambos varones la contemplaran admirados en plena acción laboral y hasta tópicamente detectivesca.
El breve documento que casi escaneaba con sus ávidos e intensos ojos azules, acompañado con fotografías del cuerpo yacente y otras ilustraciones, trataba de dar una primera explicación de lo que a la par volvía a repasar ella misma con su aguda y ahora preocupada mirada. El vaivén iba de los papeles a la piel torturada de la joven y de regreso, como en un péndulo inquisitivo. Con las heridas ya secas y limpias, podían localizarse en el vientre bajo, muy claramente, la Cruz Invertida y la “S” satánica. De igual manera, el 666, la “A” de la Anarquía, la Triqueta Celta y el Puñal Vacceo repartidos por toda la espalda.
Se trataba de seis elementos. “El número del Mundo”, leyó. “El Mundo se hizo en seis días según el Génesis bíblico”, sugería el texto valorativo preparado expresamente para sus pesquisas iniciales.
La Cruz Invertida, el 666 y la “S” satánica podían aludir a ideas ya bastante popularizadas en cuanto a su asociación con el satanismo. Incluso, la “S” satánica -que en realidad es una doble “S” y que igual puede llevar al rayo destructor de Zeus o a la caída del diablo del Cielo, y que aparece en el logotipo de un muy conocido grupo de rock estadounidense- era susceptible de una lectura política por su vinculación con la “SS” nazi, cuerpo de combate de élite del dictador Adolfo Hitler.
Por otro lado, la “A” de Anarquía también podría sugerir connotaciones políticas, sobre todo por su liga a los nuevos colectivos de protesta altermundistas o globalifóbicos. En los últimos años, se había convertido en un signo muy socorrido por la juventud rebelde.
La Triqueta Celta, a su vez, quizá remitía a los recientes cultos neopaganos que se centran en la divinidad como ente eminentemente femenino. En particular a Wicca, la secta religiosa de hechiceros de supuesta magia blanca. El Puñal Vacceo enfatizaba, por su parte, el aspecto celtíbero de estas tendencias, al tratarse de un distintivo más claramente autóctono.
Los símbolos no eran difíciles de conocer y desentrañar. No era necesario un criptógrafo o algo similar. Las opciones parecían reducirse a dos: O quienes los infligieron eran personas más bien cercanas a lo ordinario, o trataban de comunicarse mediante señales que “todo mundo” o la mayoría entendieran.
“¿Pero para qué?”, reflexionó Vera. “Un asesinato así, con tal grado de exposición comunitaria de la víctima, no es natural en un grupo o una persona que prefieran mantenerse en la clandestinidad; una clandestinidad que les facilite practicar sus ritos y creencias con libertad… Más bien indica que se pretende cierta comunicación con la sociedad en donde se desenvuelven”.
Luego estaba el acto más impresionante: la extracción del corazón y su desaparición del ámbito del cadáver. ¿Eso también era simbólico? Lo más probable es que sí. ¿Pero a qué conducía?
Vera decidió apurar la ojeada a las notas que tenía en la mano –ya volvería a leerlas, a abundar en sus declaraciones y sugerencias, a investigar y pensar más en lo que planteaban. Y rápido pasó de los sacrificios humanos practicados en las religiones celtas de la Edad de Bronce a actos de adoración a los dioses en Escandinavia. Registró los nombres de Roma y Cartago. Así como la palabra “Biblia” y la historia de Abraham e Isaac. Luego arrastró su atención por los vocablos “Grecia”, “India” y “Norte de África”. Y hasta se detuvo un poco en la mención de los autos de fe de la Inquisición europea, con sus acusados de brujería muertos en la hoguera.
Pero, específicamente, en la extracción de corazón como práctica sacrificial mesoamericana es donde hizo un alto total. Sobre todo en la mención del México prehispánico. Se les realizaba a niños, a esclavos adultos de tribus enemigas y, particularmente, a doncellas.
-¿Qué tiene que ver esto, aquí?- pensó en voz alta.
-¿Qué dice, teniente?- reaccionaron prácticamente al unísono su ayudante y el funcionario del Instituto de Medicina Legal.
-Nada, señores, nada…estoy cavilando…
El rompecabezas estaba servido.
¿Aquello era expresión pura de machismo/odio a la mujer? ¿O era satanismo? ¿Brujería? ¿Brujos, brujas a fines del siglo XX? ¿Y los elementos céltico-vacceos -tan propios de la Salamanca en donde se hallaban? ¿Y la extracción de corazón, que más parecía del tipo mexicano?
Muchas las preguntas.
Y apenas comenzaba. Vera sabía que no iba a parar hasta alcanzar la verdad. La compulsión había sido puesta en marcha.
La policía local –que junto a la Cruz Roja acudió de inmediato- comunicó lo sucedido a la Guardia Civil. Así que junto a sus gendarmes y los paramédicos, estuvo ahí desde el levantamiento del cadáver algún personal de la misma.
El cuerpo completo fue mostrado en vivo y en directo a varios reporteros –que son para muchos guardianes del orden público unas muy molestas ladillas, con las cuales tienen que aprender penosamente a convivir. Por eso los detalles dados en sus diarios, el mismo día siguiente, sobre las marcas y la herida más grande e inquietante. No les bastó la notificación oficial de lo que estaba sucediendo. Se habían metido hasta en el Instituto de Medicina Legal, para seguir husmeando en la pobre muerta. No tenían respeto para nada en su supuesto “deber” de informar. Algunos de ellos –no en su totalidad, hay que aclarar- seducían, embaucaban, sobornaban a quien fuera menester para lograr sus bajunos objetivos.
Fue justamente ahí, en el Instituto, donde la inspectora Vera Sánchez estuvo en la necropsia realizada unas cuantas horas después, ya con los más tempranos rayos de sol afuera. Desde la madrugada, al poco tiempo del funesto descubrimiento, se le dio aviso que tenía que hacerse cargo de la investigación. Así que a primera hora ya repasaba el cuerpo de la jovencita con un médico forense y Raúl, su ayudante.
-Vaya que quisieron hacerle al artista con esta muchacha- musitó el agente, bastante sorprendido ante los símbolos delineados con escalpelo en la piel de la difunta.
-Por favor, guarde silencio, sargento Domínguez- le espetó inmediatamente Vera a su subordinado, quien aparte de ser un ejemplar del sexo masculino era mayor que ella.- Prosiga doctor, por favor…
Aunque la orden de tomar el caso en sus manos se le había transmitido de la manera más formal e impersonal, sentía Vera que había algo de chanza oculta en lo que sus superiores consideraban trabajos idóneos para ella. Se trataba del homicidio cometido contra una mujer, en una acción que bien podría denotar violencia misógino-machista. A la saña con que había sido tratado ese joven cuerpo femenino, podría adjudicársele perfectamente la etiqueta de “crimen de odio”.
Y si era cierto que estos asuntos le interesaban sobremanera, no dejaba de disgustarle que, en ocasiones, hasta con un mal disimulado aire festivo se los asignaran unos jefes hombres bastante tradicionalistas, que no terminaban de acostumbrarse a que en la Guardia Civil hubiese mujeres en servicio desde 1988.
Porque aunque Vera no se catalogaba a sí misma como una feminista, por lo menos no una feminista clásica y a ultranza, sí peleaba cotidianamente por lo que consideraba sus derechos como ser humano mujer, como gustaba denominarse. Y si en el ínter podía hacerse algo por el bienestar y desarrollo de sus congéneres, dentro 3y fuera de los ambientes policiales en los que se movía, pues lo hacía. Y nada más.
-Aparte de lo que le he explicado sobre los utensilios utilizados para realizar las incisiones y cortes en el cuerpo, teniente Sánchez- prosiguió el forense-, me han dejado este reporte para usted.
Vera tomó la carpeta y empezó a auscultarla.
El galeno y el subalterno veían y escuchaban en silencio el pase apresurado de páginas del pequeño informe. A pesar de su menuda figura, su suave y casi juguetona melena lacia color castaño claro, sus facciones de cara finísimas, Vera era un torbellino implacable. En su propio nombre llevaba su calidad de sabueso siempre tras el hueso de la verdad. Un nombre que, al parecer, provenía del latín. “La que busca la verdad”, podría ser uno de sus sentidos más hondos. Y a eso se abocaba siempre. A descubrir la verdad, estuviese donde estuviese, le gustase o disgustase a quien fuera. Por tal actitud había ascendido tan rápido. Quizá era la intuición de todo ello, lo que hacía que ambos varones la contemplaran admirados en plena acción laboral y hasta tópicamente detectivesca.
El breve documento que casi escaneaba con sus ávidos e intensos ojos azules, acompañado con fotografías del cuerpo yacente y otras ilustraciones, trataba de dar una primera explicación de lo que a la par volvía a repasar ella misma con su aguda y ahora preocupada mirada. El vaivén iba de los papeles a la piel torturada de la joven y de regreso, como en un péndulo inquisitivo. Con las heridas ya secas y limpias, podían localizarse en el vientre bajo, muy claramente, la Cruz Invertida y la “S” satánica. De igual manera, el 666, la “A” de la Anarquía, la Triqueta Celta y el Puñal Vacceo repartidos por toda la espalda.
Se trataba de seis elementos. “El número del Mundo”, leyó. “El Mundo se hizo en seis días según el Génesis bíblico”, sugería el texto valorativo preparado expresamente para sus pesquisas iniciales.
La Cruz Invertida, el 666 y la “S” satánica podían aludir a ideas ya bastante popularizadas en cuanto a su asociación con el satanismo. Incluso, la “S” satánica -que en realidad es una doble “S” y que igual puede llevar al rayo destructor de Zeus o a la caída del diablo del Cielo, y que aparece en el logotipo de un muy conocido grupo de rock estadounidense- era susceptible de una lectura política por su vinculación con la “SS” nazi, cuerpo de combate de élite del dictador Adolfo Hitler.
Por otro lado, la “A” de Anarquía también podría sugerir connotaciones políticas, sobre todo por su liga a los nuevos colectivos de protesta altermundistas o globalifóbicos. En los últimos años, se había convertido en un signo muy socorrido por la juventud rebelde.
La Triqueta Celta, a su vez, quizá remitía a los recientes cultos neopaganos que se centran en la divinidad como ente eminentemente femenino. En particular a Wicca, la secta religiosa de hechiceros de supuesta magia blanca. El Puñal Vacceo enfatizaba, por su parte, el aspecto celtíbero de estas tendencias, al tratarse de un distintivo más claramente autóctono.
Los símbolos no eran difíciles de conocer y desentrañar. No era necesario un criptógrafo o algo similar. Las opciones parecían reducirse a dos: O quienes los infligieron eran personas más bien cercanas a lo ordinario, o trataban de comunicarse mediante señales que “todo mundo” o la mayoría entendieran.
“¿Pero para qué?”, reflexionó Vera. “Un asesinato así, con tal grado de exposición comunitaria de la víctima, no es natural en un grupo o una persona que prefieran mantenerse en la clandestinidad; una clandestinidad que les facilite practicar sus ritos y creencias con libertad… Más bien indica que se pretende cierta comunicación con la sociedad en donde se desenvuelven”.
Luego estaba el acto más impresionante: la extracción del corazón y su desaparición del ámbito del cadáver. ¿Eso también era simbólico? Lo más probable es que sí. ¿Pero a qué conducía?
Vera decidió apurar la ojeada a las notas que tenía en la mano –ya volvería a leerlas, a abundar en sus declaraciones y sugerencias, a investigar y pensar más en lo que planteaban. Y rápido pasó de los sacrificios humanos practicados en las religiones celtas de la Edad de Bronce a actos de adoración a los dioses en Escandinavia. Registró los nombres de Roma y Cartago. Así como la palabra “Biblia” y la historia de Abraham e Isaac. Luego arrastró su atención por los vocablos “Grecia”, “India” y “Norte de África”. Y hasta se detuvo un poco en la mención de los autos de fe de la Inquisición europea, con sus acusados de brujería muertos en la hoguera.
Pero, específicamente, en la extracción de corazón como práctica sacrificial mesoamericana es donde hizo un alto total. Sobre todo en la mención del México prehispánico. Se les realizaba a niños, a esclavos adultos de tribus enemigas y, particularmente, a doncellas.
-¿Qué tiene que ver esto, aquí?- pensó en voz alta.
-¿Qué dice, teniente?- reaccionaron prácticamente al unísono su ayudante y el funcionario del Instituto de Medicina Legal.
-Nada, señores, nada…estoy cavilando…
El rompecabezas estaba servido.
¿Aquello era expresión pura de machismo/odio a la mujer? ¿O era satanismo? ¿Brujería? ¿Brujos, brujas a fines del siglo XX? ¿Y los elementos céltico-vacceos -tan propios de la Salamanca en donde se hallaban? ¿Y la extracción de corazón, que más parecía del tipo mexicano?
Muchas las preguntas.
Y apenas comenzaba. Vera sabía que no iba a parar hasta alcanzar la verdad. La compulsión había sido puesta en marcha.