La sábana se hallaba muy manchada de sangre, fresca aún, cubriendo apenas el cuerpo desnudo de la joven. Sus formas se adivinaban sutilmente armoniosas, y unos bien cuidados pies, muy pálidos, salían de la tela. De pronto el brazo derecho resbaló y el paramédico de bigote lo volvió a colocar dentro de la camilla. Era más de medianoche.
El viento silbaba y se colaba entre el tejido caótico de los murmullos de los escasos espectadores de la tétrica escena y el intercambio de mensajes a través de los radios y teléfonos móviles, emitidos dentro y alrededor de la ambulancia y la patrulla.
Las luces rojas y azules hacían su patética parte golpeando casi salvajemente el rostro de Calixto. Pareciera que le mordieran las mejillas, provocándole un ligero ardor. Igual sentirían sus amigos, quienes entre el mareo de la cerveza y el dulce sopor del cannabis se vieron también impelidos a desentrañar las sirenas alarmantes que se habían estacionado en las inmediaciones de La Cueva.
“¿Quién fue o quiénes fueron?”, se preguntó el desgarbado becario mexicano. “De seguro esta chica estudiaba en la Universidad”.
Minutos antes, una sombra había pasado rozando los muros de la Catedral, como el relámpago negro de un ángel del Diablo perseguido por el peor de los castigos. ¿Sólo le vio él, con ese abrigo oscuro, el cabello al parecer muy largo y ese tosco sombrero, tan pasado de moda? ¿Llevaba una capa, acaso?
César y Ahmed, en el preciso momento de su fugaz visión, tocaban y cantaban, absortos, con la vieja guitarra que se habían robado quién sabe de dónde. Mónica no hacía más que lanzar suspiritos, sentada con la cabeza entre las piernas. Y únicamente él, Calixto García, pudo verlo desde la escalinata del palacio dieciochesco de la Facultad, sobre todo porque tenía de frente el imponente y espectral templo.
Poco después vino el pequeño escándalo del ruido y los colores giratorios de los faros de la Policía y la Cruz Roja, que llegaban de ese lugar tan cercano a donde estaban –La Cueva, aún enigmática a pesar de haber sido reducida a sitio “obligado” para la foto turística.
Del misterioso personaje no había podido ver mucho. Mas ahora su extraña figura empezaba a imprimírsele en lo más profundo de su ser, cada vez con mayor fuerza a partir de ese cadáver calculado hermoso, lleno de luz a pesar de la semipenumbra circundante y de ir cubierto por el pudor fúnebre.
¿Quién era ése que de repente surgió como filo de cuchillo partiendo al más frágil de los turrones? “¿Sería tal tipo quien asesinó a la muchacha?”, empezó a preguntarse. Había transcurrido un tiempo demasiado breve desde que le vio deslizarse junto a la famosa piedra de Villamayor, con la que está construida la tardíamente gótica Catedral Nueva. “No se escucharon gritos”, recordó bien. “¿Y cómo pudo haber llegado aquella mujer sin ropa y sin vida hasta el interior de La Cueva, si no parecía que trajera con él cargando bulto alguno?”.
Cierto era que la niebla de Salamanca se había tragado la imagen de aquel fantasma que, al parecer, sólo Calixto registró con sus adormilados ojos; esa niebla que confunde realidad e imaginación, sueño plácido y pesadilla, invitación al recogimiento y al crimen, y que engulle todo lo que le da la gana y cuando quiere.
El viento silbaba y se colaba entre el tejido caótico de los murmullos de los escasos espectadores de la tétrica escena y el intercambio de mensajes a través de los radios y teléfonos móviles, emitidos dentro y alrededor de la ambulancia y la patrulla.
Las luces rojas y azules hacían su patética parte golpeando casi salvajemente el rostro de Calixto. Pareciera que le mordieran las mejillas, provocándole un ligero ardor. Igual sentirían sus amigos, quienes entre el mareo de la cerveza y el dulce sopor del cannabis se vieron también impelidos a desentrañar las sirenas alarmantes que se habían estacionado en las inmediaciones de La Cueva.
“¿Quién fue o quiénes fueron?”, se preguntó el desgarbado becario mexicano. “De seguro esta chica estudiaba en la Universidad”.
Minutos antes, una sombra había pasado rozando los muros de la Catedral, como el relámpago negro de un ángel del Diablo perseguido por el peor de los castigos. ¿Sólo le vio él, con ese abrigo oscuro, el cabello al parecer muy largo y ese tosco sombrero, tan pasado de moda? ¿Llevaba una capa, acaso?
César y Ahmed, en el preciso momento de su fugaz visión, tocaban y cantaban, absortos, con la vieja guitarra que se habían robado quién sabe de dónde. Mónica no hacía más que lanzar suspiritos, sentada con la cabeza entre las piernas. Y únicamente él, Calixto García, pudo verlo desde la escalinata del palacio dieciochesco de la Facultad, sobre todo porque tenía de frente el imponente y espectral templo.
Poco después vino el pequeño escándalo del ruido y los colores giratorios de los faros de la Policía y la Cruz Roja, que llegaban de ese lugar tan cercano a donde estaban –La Cueva, aún enigmática a pesar de haber sido reducida a sitio “obligado” para la foto turística.
Del misterioso personaje no había podido ver mucho. Mas ahora su extraña figura empezaba a imprimírsele en lo más profundo de su ser, cada vez con mayor fuerza a partir de ese cadáver calculado hermoso, lleno de luz a pesar de la semipenumbra circundante y de ir cubierto por el pudor fúnebre.
¿Quién era ése que de repente surgió como filo de cuchillo partiendo al más frágil de los turrones? “¿Sería tal tipo quien asesinó a la muchacha?”, empezó a preguntarse. Había transcurrido un tiempo demasiado breve desde que le vio deslizarse junto a la famosa piedra de Villamayor, con la que está construida la tardíamente gótica Catedral Nueva. “No se escucharon gritos”, recordó bien. “¿Y cómo pudo haber llegado aquella mujer sin ropa y sin vida hasta el interior de La Cueva, si no parecía que trajera con él cargando bulto alguno?”.
Cierto era que la niebla de Salamanca se había tragado la imagen de aquel fantasma que, al parecer, sólo Calixto registró con sus adormilados ojos; esa niebla que confunde realidad e imaginación, sueño plácido y pesadilla, invitación al recogimiento y al crimen, y que engulle todo lo que le da la gana y cuando quiere.
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