viernes, 23 de abril de 2010

Siete

-¡Mira que tenías que hablar! ¡¿Joder, macho, que no puedes dejar de decir sandeces?! ¡Eres la deshonra de la excelentísima Universidad de Salamanca!

-Calle, por favor, maestro. Que por algo le expulsaron del Claustro…

-¡Qué casualidad que estabas bien despierto y pronto, cuando los de la prensa necesitaban algo que escandalizara, imbécil! ¡Y mira que ir dale que dale con lo de la representación en La Cueva, con estos pobres muchachitos de Magia Oscura!

Le habían sorprendido en plena escalinata del Palacio de Anaya, sede de la Facultad de Filología. El distinguido vicerrector de la Universidad y también profesor de la propia Facultad Don Marcelo de la Clase, iba bajando hacia el amplísimo patio central del magnífico edificio, a la altura del busto de Miguel de Unamuno, acompañado del gran alumno y novelista mexicano Juan Arcos y Mendoza, uno de sus favoritos. Frente a ellos, cerrándoles el paso y al pie del primero de los escalones, un exprofesor de la Facultad y ahora exitoso autor de libros de dudosa calidad y veracidad: Diego de Barriolibreros, llamado por tantos, con sorna, “el Marqués”.

Estudiantes, profesores, empleados de conserjería atestiguaban algo atónitos la ruidosa escena –unos iban pasando por ahí y otros se vieron impelidos a salir de sus aulas y despachos. No que no conocieran ese tipo de exabruptos de Don Diego, personaje pintoresco y estrafalario entre los más de la Universidad y de toda Salamanca, pero hacía ya bastante tiempo que éste no protagonizaba uno ahí, en pleno corazón del sagrado estudio de la Literatura y la Lingüística.

Los ojos de Barriolibreros parecían querer echar espuma. Máxime por su casi transparencia, de tan azules que eran. También le decían “el ario”, sobre todo porque él se ufanaba seguido de su catadura más de alemán que de “castellano o extremeño”, como se apuraba a puntualizar. Su boca amplia y los poros de su nariz aguileña parecían no tener fin en su dilatación airada, mientras que su revoloteante cabello largo -sólo de media cabeza para abajo, por su calva- no paraba de moverse. Delgado y de alta estatura, estaba plantado como una estaca frente a quien consideraba su antítesis total.

Marcelo de la Clase esbozaba cierta sonrisita irónica en el proceso de sostenerle la mirada al “mercachifle chiflado de la literatura”, como gustaba denominarle, a veces y sólo entre sus íntimos, a quien ahora se había empeñado en no dejarle pasar hasta escupirle una sarta de sus verdades en la cara. Únicamente descendió otros dos escalones y se detuvo con toda su gallarda y elegante apostura. Se alisó el cabello algo levantado de la cabeza –gracioso estrago de la siesta de mediodía- y estiró los faldones de su muy fino y aún más caro traje. Carraspeó un poco al acomodarse la corbata de seda veneciana y de reojo hizo una seña entre fastidiada y divertida a su pupilo y momentáneo escudero y paje.

El asustadizo parpadeo del brillantísimo alumno y escritor mexicano Juan Arcos y Mendoza, se combinaba a ratos con el fruncimiento de su ceño al escudriñar la para él demasiado folklórica figura de Diego de Barriolibreros, a quien, por cierto, había satirizado en su última novela –súbita, sorprendente, ganadora de un premio clave en el mercado editorial español, después de una intensa campaña de relaciones públicas entre agentes y editores por parte de su tan recientemente desconocido y ahora tan aplaudido autor. Los ojillos casi le rebotaban entre sus cuencas y el cristal de sus minúsculos y muy gruesos espejuelos. Tal era su estupefacción y, aún más, su pavor, que parecía que en cualquier momento su globo ocular izquierdo iba a salir despedido al infinito. El escaso cabello amagó con encogérsele más, haciendo que sus orejas parecieran mucho más grandes de lo que eran. Ante el espectáculo, como que se hizo más chiquito y encorvadillo y de su hondísima profundidad emitió un leve

-…pero qué señor tan ojeteeee- que era una manera muy chilanga, es decir, del habla de la capital mexicana, de donde provenía, para especificar lo ruin y ridículo que se estaba viendo, para él, su exprofesor Barriolibreros.

-¡Y tú, como fiel lapa inmunda, ratita de cine y biblioteca, cuyos personajes de ficción no tienen sangre como tú –le banderilleó Don Diego al pobrecito e inocente de Arcos y Mendoza-, y son tan falsos como tú en el pretender escribir como centroeuropeo, renegando de la bella enjundia vitalista del redactar latinoamericano, ahora casi te escondes en los entresijos de éste incitador al linchamiento de compañeros tuyos!

En las palabras del tan irritado aspaventero, quizá también había algo de amargura, pues Juanito, como le decía no hace mucho tiempo, no se le despegaba y había declarado, en público y en privado, que él era el mejor profesor de la Facultad, hasta que haría cosa de un año le cesaran de la misma y Marcelo de la Clase se empinara hasta el Vicerrectorado.

-¡Por favor, Barriolibreros! –volvió a mover sus finos labios el catedrático De la Clase-. ¡Deje de insultar! ¡Tenga un mínimo de respeto por su antigua casa de estudios! ¡Por su alma máter!

De veras que Don Marcelo se moría por responder uno a uno los improperios de su ya muy declarado enemigo –“junto con el hereje de Luis de Orozko”, se apresuraría a acotar él mismo. Pero no era propio para, precisamente, alguien de su clase. Se trataba, ni más ni menos, que de la segunda autoridad en la Universidad con más solera en el orbe hispánico –ya muy próxima a cumplir los ochocientos años- y la primera en ser reconocida como tal a nivel mundial (por una bula del papa Alejandro IV, en 1255). Además, algunos de los libros de texto que llevaban los alumnos de la Licenciatura y el Doctorado de Filología Hispánica él los había escrito y todavía no cejaba en su empeño, ilusión y obstinación por convertirse algún día en presidente de la Real Academia. Es decir, se trataba de una eminencia que no debía “rebajarse” ante un destartalado loco, escritorzuelo comercial de almanaques en pleno cierre del siglo XX, novelista de bisuterías, propagador de supersticiones y remedios hechiceros, ex torero, ex dizque físico matemático, ex actor, ex bailarín, también ex sacerdote y quién sabe cuántos “ex” más que sólo evidenciaban su desvarío y su falta de importancia como escritor, como intelectual e incluso como ser humano.

Lo pertinente para la ocasión, para el par de grandes universitarios y literatos –uno ya consolidado y el otro despuntando como estrellita de la mañana- que veían obstruido su fulgurante paso por el señorial recinto, era guardar educado silencio y esperar a que el personal de Seguridad llegase.

Para el polifacético y multidimensional Barriolibreros, fundamental era denunciar una vez más, en el seno de la comunidad que más amaba, la de los estudiosos salmantinos de las Letras, la estúpida y perenne campaña de De la Clase contra todo lo que no se ajustaba a su remilgada personalidad: el “neopaganismo” de quienes no profesaban su rancio catolicismo y con ello el teatro, la ciencia, la literatura, la música, la política, la espiritualidad, la moral y, en fin, la vida de “quienes insisten en el error y la desviación del libertinaje, el homosexualismo, el anarco comunismo, el gesto diablesco, un arte y una pseudociencia que reniegan de los clásicos y la suprema razón, y más perversiones que lo único que hacen es debilitar nuestra esencia castiza, católica y con todavía gran vocación de imperio, de responsable cabeza de, por lo menos, los casi 500 millones de castellano parlantes repartidos en el planeta”, como no tenía empacho en subrayar en sus trabajos universitarios y en sus insistentes excursiones en la prensa escrita de la región e, incluso, del país.

Cuando la tensión, multiplicada en el aire, parecía que iba a impulsar de nuevo a Don Diego a lanzar otra andanada de acusaciones contra, ni más ni menos, el señor vicerrector de la Universidad de Salamanca, cuatro gigantones vestidos de traje azul oscuro, que mínimo le sacaban doce centímetros de altura, le rodearon y le tomaron de hombros y brazos para “invitarlo” a salir del Palacio de Anaya, no sin antes esperar una seña de De la Clase en el sentido de si llamaban a la policía o simplemente lo echaban de ahí.

-¡Te juro, Marcelo de la Clase, que todos tus tejemanejes serán un día descubiertos! –berreaba desesperado Barriolibreros, una vez que los elementos de Seguridad entendieron que sólo era cuestión de darle una patada en el trasero hacia la Cuesta del Tostado, que quedaba a un lado de los edificios de la Facultad-. ¡Porque, para mí, que no ha sido casual el que de pronto aparezcas a escena con algo tan grueso como lo de la pobre joven ésa!

El vicerrector y bastante excelso profesor hizo una mueca con desenfado, subiendo y bajando rápido los hombros, ante las sonrisas congeladas de los circunstantes. Todos alcanzaron a oír un último grito de a quien, seguramente, ya llevaban a rastras a la altura de la enorme puerta del Palacio de Anaya.

-¡Los que son como tú han provocado todo esto! ¡Con su cerrazón han provocado esa desalmada muerte! ¡Escucha, hijo de pu…

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