“Macabro hallazgo en La Cueva:
Encuentran a mujer brutalmente asesinada”
“Descubren cadáver de mujer en La Cueva”
“La Policía halla el cadáver de una joven en La Cueva: al parecer estudiaba en la Universidad”
Encuentran a mujer brutalmente asesinada”
“Descubren cadáver de mujer en La Cueva”
“La Policía halla el cadáver de una joven en La Cueva: al parecer estudiaba en la Universidad”
La mayoría de los encabezados de los diarios del día siguiente invitaban a la intriga y al morbo. En alguno de los rotativos, de plano, ocupó el espacio principal de su portada. Calixto los repasaba, angustiado, en el quiosco de la Plaza del Corrillo, en uno de los accesos a la Plaza Mayor, que de lunes a viernes, al menos, cruzaba siempre camino a la Facultad.
“Es cierto que no era tan tarde”, pensó aguzando instintivamente su leve olfato periodístico -desarrollado cuando fungió como reportero de aquel vespertino del Norte de México, en donde laboró para poder pagarse sus estudios de bachillerato. “Sí, por eso pudo entrar, todavía, en la edición de hoy”.
“Y se evidencia que no hay mucha noticia fuerte –todos los días- en esta ciudad tan contradictoria…tan cosmopolita y tan paleta al mismo tiempo…La mayoría de las redacciones le hicieron un hueco importante para que ¡hoy mismo! saliera impresa”, continuaba su reflexión técnica, mientras pagaba el importe al dependiente del localito. “¿Una nota de sucesos puede llevarse el máximo titular de una primera plana, cuando ni víctima ni victimario -o victimarios- son aún plenamente identificados?”.
Entendía que en una sociedad “híper-escolarizada” o “universitario-céntrica”, como la salmantina, fuera noticia de ocho columnas la designación de un profesor de su universidad como presidente de la Real Academia (“algo que no sucede en la prensa escrita de las dizque metrópolis, por ejemplo”). Pero que se pensara la nota más destacable, según algún editor en jefe, un acontecimiento tan grotesco y sangriento –y todavía muy borroso e indefinido- no lo podía concebir.
Decidió, luego, no continuar rumbo a su clase. Tampoco eligió quedarse en la umbrosa y húmeda Plaza del Corrillo, a pesar de que tanto le gustaba ese rincón de la pequeña y maravillosa ciudad-museo en donde ahora residía. El frío calaba bastante y prefirió una banca en media Plaza Mayor, tibiamente acariciada por los débiles rayos del sol de la mañana. Ahí podría devorarse tranquilamente la noticia de la que ya se sentía parte muy íntima…demasiado…inquietantemente íntima.
El diario que compró le recordaba lo visto y vivido la noche anterior. Efectivamente, debajo de la sábana blanca, muy manchada de sangre de la altura de los senos hasta el sexo, se podía prefigurar un cuerpo joven -delgadón para sus gustos, pero de muslos invitantes, bien proporcionado... “¿Quién sería? Aquí se dice que era una estudiante universitaria, de la universidad civil. Aunque no se da el nombre…y hasta pareciera que no han logrado identificarla en forma cabal. ¿Estaría en la Facultad?” –susurró entre dientes, ya acojonado, en verdad, y con un repentino escalofrío recorriéndolo prácticamente de cabo a rabo.
Calixto se percató de que la nota no daba cuenta de lo que con exactitud pudo haber pasado a la muchacha. Se especulaba ahí que quizá había sido víctima de un rito satánico, y hasta se lanzaba la insinuación de su probable vinculación con reportes recientes sobre ceremonias extrañas denunciadas por los vecinos y la presumible proliferación, a últimas fechas, de organismos pro-brujería. “Que es muy posible que nunca desaparecieran del todo, en una Salamanca que junto con Toledo fue uno de los centros nigrománticos españoles y europeos de mayor relevancia en la Edad Media”, acotó para sí mismo.
Se había torturado a la chica. Manipularon horriblemente sus genitales, su recto, sus pezones. La espalda y el vientre tenían símbolos que las ideas populares asocian al culto del Diablo, trazados, al parecer, con un bisturí. Pero el descubrimiento más pavoroso fue el gran corte junto a su pecho izquierdo. Faltaba el corazón.
Los elementos reunidos indicaban que, obviamente, la presunta liturgia asesina no se realizó en La Cueva; ni en una de las casas y edificios adyacentes. Sin embargo, la mujer, desnuda y ya sin vida, había sido localizada unos cuantos minutos después de que finalmente expirara. La sangre, la carne, las heridas, estaban fresquísimas y su piel aún caliente. Es decir, la mataron en otra parte –no muy lejos- e inmediatamente la colocaron ahí. Una voz anónima, desde una cabina telefónica cercana, había dado aviso a la Policía y la Cruz Roja.
“¿Sería el vato tan tenebroso que vi, quien dio el pitazo? ¿Participaría en este espeluznante hecho? Aunque parecía que apenas iba hacia el asentamiento donde se develaría el homicidio… ¿Lo vi realmente, se escurrió junto a las paredes de la Catedral, o serían la litrona de cerveza y las fumaditas al porro, junto a la lúgubre atmósfera que enfatizaba la niebla, las que atizaron fantasiosamente en mí esa figura tan desconcertante?”. Y luego le vino el estruendo maldito de las cigüeñas en celo, que envuelve a esa hora a la Plaza de Anaya, dándole un carácter más alucinante al lugar. En serio que todo estaba sumido en una especie de lobreguez esperpéntica, que puede llevar a cualquiera al borde de la locura.
“¡Y cámara!: Aquí aluden a la pretensión de una de las cofradías religiosas de la ciudad para que prohíban las representaciones ‘paganas’, como la de la Noche de San Juan, del grupo de teatro Magia Oscura…”. Aspiró todo el aire del que fue capaz, muy preocupado. “¿Con qué intención? ¿Qué quieren decir este reportero y su periódico estúpidos? ¡Si lo que hacen estos compas no pasa de ser una simple dramatización artística, entretenimiento inocuo, turístico, como es casi todo en esta urbecilla, cual ninfeta cursi, besada y medio manoseada por el Tormes!”, resopló después, airado porque eso podría implicar a su amiga La Bruja. Esa compañera tan especial, estudiante de la muy decana, noble, canónica y prestigiosa Universidad de Salamanca, que era una excelente actriz y de la que muy pocos en Filología sabían que oficiaba de prostituta para ganarse el pan.
De repente le azotó a Calixto la urgencia de ir a buscarla. Las cosas podrían complicársele con una acusación disfrazada de inocente asociación “espontánea”: De un asesinato concreto a un hipotético acto de satanismo; del miedo al Diablo a quienes propugnan, supuestamente, la vuelta a los valores paganos; de un tímido rescate de las tradiciones celtas y vacceas a un grupo de teatro sospechosamente festivo y atrevido; de una celebración que incomodaba a los más conservadores de la antigua Salmantica a una referencia que podría incriminar a La Bruja y sus amigos actores en algo realmente terrible.
“Es cierto que no era tan tarde”, pensó aguzando instintivamente su leve olfato periodístico -desarrollado cuando fungió como reportero de aquel vespertino del Norte de México, en donde laboró para poder pagarse sus estudios de bachillerato. “Sí, por eso pudo entrar, todavía, en la edición de hoy”.
“Y se evidencia que no hay mucha noticia fuerte –todos los días- en esta ciudad tan contradictoria…tan cosmopolita y tan paleta al mismo tiempo…La mayoría de las redacciones le hicieron un hueco importante para que ¡hoy mismo! saliera impresa”, continuaba su reflexión técnica, mientras pagaba el importe al dependiente del localito. “¿Una nota de sucesos puede llevarse el máximo titular de una primera plana, cuando ni víctima ni victimario -o victimarios- son aún plenamente identificados?”.
Entendía que en una sociedad “híper-escolarizada” o “universitario-céntrica”, como la salmantina, fuera noticia de ocho columnas la designación de un profesor de su universidad como presidente de la Real Academia (“algo que no sucede en la prensa escrita de las dizque metrópolis, por ejemplo”). Pero que se pensara la nota más destacable, según algún editor en jefe, un acontecimiento tan grotesco y sangriento –y todavía muy borroso e indefinido- no lo podía concebir.
Decidió, luego, no continuar rumbo a su clase. Tampoco eligió quedarse en la umbrosa y húmeda Plaza del Corrillo, a pesar de que tanto le gustaba ese rincón de la pequeña y maravillosa ciudad-museo en donde ahora residía. El frío calaba bastante y prefirió una banca en media Plaza Mayor, tibiamente acariciada por los débiles rayos del sol de la mañana. Ahí podría devorarse tranquilamente la noticia de la que ya se sentía parte muy íntima…demasiado…inquietantemente íntima.
El diario que compró le recordaba lo visto y vivido la noche anterior. Efectivamente, debajo de la sábana blanca, muy manchada de sangre de la altura de los senos hasta el sexo, se podía prefigurar un cuerpo joven -delgadón para sus gustos, pero de muslos invitantes, bien proporcionado... “¿Quién sería? Aquí se dice que era una estudiante universitaria, de la universidad civil. Aunque no se da el nombre…y hasta pareciera que no han logrado identificarla en forma cabal. ¿Estaría en la Facultad?” –susurró entre dientes, ya acojonado, en verdad, y con un repentino escalofrío recorriéndolo prácticamente de cabo a rabo.
Calixto se percató de que la nota no daba cuenta de lo que con exactitud pudo haber pasado a la muchacha. Se especulaba ahí que quizá había sido víctima de un rito satánico, y hasta se lanzaba la insinuación de su probable vinculación con reportes recientes sobre ceremonias extrañas denunciadas por los vecinos y la presumible proliferación, a últimas fechas, de organismos pro-brujería. “Que es muy posible que nunca desaparecieran del todo, en una Salamanca que junto con Toledo fue uno de los centros nigrománticos españoles y europeos de mayor relevancia en la Edad Media”, acotó para sí mismo.
Se había torturado a la chica. Manipularon horriblemente sus genitales, su recto, sus pezones. La espalda y el vientre tenían símbolos que las ideas populares asocian al culto del Diablo, trazados, al parecer, con un bisturí. Pero el descubrimiento más pavoroso fue el gran corte junto a su pecho izquierdo. Faltaba el corazón.
Los elementos reunidos indicaban que, obviamente, la presunta liturgia asesina no se realizó en La Cueva; ni en una de las casas y edificios adyacentes. Sin embargo, la mujer, desnuda y ya sin vida, había sido localizada unos cuantos minutos después de que finalmente expirara. La sangre, la carne, las heridas, estaban fresquísimas y su piel aún caliente. Es decir, la mataron en otra parte –no muy lejos- e inmediatamente la colocaron ahí. Una voz anónima, desde una cabina telefónica cercana, había dado aviso a la Policía y la Cruz Roja.
“¿Sería el vato tan tenebroso que vi, quien dio el pitazo? ¿Participaría en este espeluznante hecho? Aunque parecía que apenas iba hacia el asentamiento donde se develaría el homicidio… ¿Lo vi realmente, se escurrió junto a las paredes de la Catedral, o serían la litrona de cerveza y las fumaditas al porro, junto a la lúgubre atmósfera que enfatizaba la niebla, las que atizaron fantasiosamente en mí esa figura tan desconcertante?”. Y luego le vino el estruendo maldito de las cigüeñas en celo, que envuelve a esa hora a la Plaza de Anaya, dándole un carácter más alucinante al lugar. En serio que todo estaba sumido en una especie de lobreguez esperpéntica, que puede llevar a cualquiera al borde de la locura.
“¡Y cámara!: Aquí aluden a la pretensión de una de las cofradías religiosas de la ciudad para que prohíban las representaciones ‘paganas’, como la de la Noche de San Juan, del grupo de teatro Magia Oscura…”. Aspiró todo el aire del que fue capaz, muy preocupado. “¿Con qué intención? ¿Qué quieren decir este reportero y su periódico estúpidos? ¡Si lo que hacen estos compas no pasa de ser una simple dramatización artística, entretenimiento inocuo, turístico, como es casi todo en esta urbecilla, cual ninfeta cursi, besada y medio manoseada por el Tormes!”, resopló después, airado porque eso podría implicar a su amiga La Bruja. Esa compañera tan especial, estudiante de la muy decana, noble, canónica y prestigiosa Universidad de Salamanca, que era una excelente actriz y de la que muy pocos en Filología sabían que oficiaba de prostituta para ganarse el pan.
De repente le azotó a Calixto la urgencia de ir a buscarla. Las cosas podrían complicársele con una acusación disfrazada de inocente asociación “espontánea”: De un asesinato concreto a un hipotético acto de satanismo; del miedo al Diablo a quienes propugnan, supuestamente, la vuelta a los valores paganos; de un tímido rescate de las tradiciones celtas y vacceas a un grupo de teatro sospechosamente festivo y atrevido; de una celebración que incomodaba a los más conservadores de la antigua Salmantica a una referencia que podría incriminar a La Bruja y sus amigos actores en algo realmente terrible.