miércoles, 24 de febrero de 2010

Tres

“Macabro hallazgo en La Cueva:
Encuentran a mujer brutalmente asesinada”

“Descubren cadáver de mujer en La Cueva”

“La Policía halla el cadáver de una joven en La Cueva: al parecer estudiaba en la Universidad”

La mayoría de los encabezados de los diarios del día siguiente invitaban a la intriga y al morbo. En alguno de los rotativos, de plano, ocupó el espacio principal de su portada. Calixto los repasaba, angustiado, en el quiosco de la Plaza del Corrillo, en uno de los accesos a la Plaza Mayor, que de lunes a viernes, al menos, cruzaba siempre camino a la Facultad.

“Es cierto que no era tan tarde”, pensó aguzando instintivamente su leve olfato periodístico -desarrollado cuando fungió como reportero de aquel vespertino del Norte de México, en donde laboró para poder pagarse sus estudios de bachillerato. “Sí, por eso pudo entrar, todavía, en la edición de hoy”.

“Y se evidencia que no hay mucha noticia fuerte –todos los días- en esta ciudad tan contradictoria…tan cosmopolita y tan paleta al mismo tiempo…La mayoría de las redacciones le hicieron un hueco importante para que ¡hoy mismo! saliera impresa”, continuaba su reflexión técnica, mientras pagaba el importe al dependiente del localito. “¿Una nota de sucesos puede llevarse el máximo titular de una primera plana, cuando ni víctima ni victimario -o victimarios- son aún plenamente identificados?”.

Entendía que en una sociedad “híper-escolarizada” o “universitario-céntrica”, como la salmantina, fuera noticia de ocho columnas la designación de un profesor de su universidad como presidente de la Real Academia (“algo que no sucede en la prensa escrita de las dizque metrópolis, por ejemplo”). Pero que se pensara la nota más destacable, según algún editor en jefe, un acontecimiento tan grotesco y sangriento –y todavía muy borroso e indefinido- no lo podía concebir.

Decidió, luego, no continuar rumbo a su clase. Tampoco eligió quedarse en la umbrosa y húmeda Plaza del Corrillo, a pesar de que tanto le gustaba ese rincón de la pequeña y maravillosa ciudad-museo en donde ahora residía. El frío calaba bastante y prefirió una banca en media Plaza Mayor, tibiamente acariciada por los débiles rayos del sol de la mañana. Ahí podría devorarse tranquilamente la noticia de la que ya se sentía parte muy íntima…demasiado…inquietantemente íntima.

El diario que compró le recordaba lo visto y vivido la noche anterior. Efectivamente, debajo de la sábana blanca, muy manchada de sangre de la altura de los senos hasta el sexo, se podía prefigurar un cuerpo joven -delgadón para sus gustos, pero de muslos invitantes, bien proporcionado... “¿Quién sería? Aquí se dice que era una estudiante universitaria, de la universidad civil. Aunque no se da el nombre…y hasta pareciera que no han logrado identificarla en forma cabal. ¿Estaría en la Facultad?” –susurró entre dientes, ya acojonado, en verdad, y con un repentino escalofrío recorriéndolo prácticamente de cabo a rabo.

Calixto se percató de que la nota no daba cuenta de lo que con exactitud pudo haber pasado a la muchacha. Se especulaba ahí que quizá había sido víctima de un rito satánico, y hasta se lanzaba la insinuación de su probable vinculación con reportes recientes sobre ceremonias extrañas denunciadas por los vecinos y la presumible proliferación, a últimas fechas, de organismos pro-brujería. “Que es muy posible que nunca desaparecieran del todo, en una Salamanca que junto con Toledo fue uno de los centros nigrománticos españoles y europeos de mayor relevancia en la Edad Media”, acotó para sí mismo.

Se había torturado a la chica. Manipularon horriblemente sus genitales, su recto, sus pezones. La espalda y el vientre tenían símbolos que las ideas populares asocian al culto del Diablo, trazados, al parecer, con un bisturí. Pero el descubrimiento más pavoroso fue el gran corte junto a su pecho izquierdo. Faltaba el corazón.

Los elementos reunidos indicaban que, obviamente, la presunta liturgia asesina no se realizó en La Cueva; ni en una de las casas y edificios adyacentes. Sin embargo, la mujer, desnuda y ya sin vida, había sido localizada unos cuantos minutos después de que finalmente expirara. La sangre, la carne, las heridas, estaban fresquísimas y su piel aún caliente. Es decir, la mataron en otra parte –no muy lejos- e inmediatamente la colocaron ahí. Una voz anónima, desde una cabina telefónica cercana, había dado aviso a la Policía y la Cruz Roja.

“¿Sería el vato tan tenebroso que vi, quien dio el pitazo? ¿Participaría en este espeluznante hecho? Aunque parecía que apenas iba hacia el asentamiento donde se develaría el homicidio… ¿Lo vi realmente, se escurrió junto a las paredes de la Catedral, o serían la litrona de cerveza y las fumaditas al porro, junto a la lúgubre atmósfera que enfatizaba la niebla, las que atizaron fantasiosamente en mí esa figura tan desconcertante?”. Y luego le vino el estruendo maldito de las cigüeñas en celo, que envuelve a esa hora a la Plaza de Anaya, dándole un carácter más alucinante al lugar. En serio que todo estaba sumido en una especie de lobreguez esperpéntica, que puede llevar a cualquiera al borde de la locura.

“¡Y cámara!: Aquí aluden a la pretensión de una de las cofradías religiosas de la ciudad para que prohíban las representaciones ‘paganas’, como la de la Noche de San Juan, del grupo de teatro Magia Oscura…”. Aspiró todo el aire del que fue capaz, muy preocupado. “¿Con qué intención? ¿Qué quieren decir este reportero y su periódico estúpidos? ¡Si lo que hacen estos compas no pasa de ser una simple dramatización artística, entretenimiento inocuo, turístico, como es casi todo en esta urbecilla, cual ninfeta cursi, besada y medio manoseada por el Tormes!”, resopló después, airado porque eso podría implicar a su amiga La Bruja. Esa compañera tan especial, estudiante de la muy decana, noble, canónica y prestigiosa Universidad de Salamanca, que era una excelente actriz y de la que muy pocos en Filología sabían que oficiaba de prostituta para ganarse el pan.

De repente le azotó a Calixto la urgencia de ir a buscarla. Las cosas podrían complicársele con una acusación disfrazada de inocente asociación “espontánea”: De un asesinato concreto a un hipotético acto de satanismo; del miedo al Diablo a quienes propugnan, supuestamente, la vuelta a los valores paganos; de un tímido rescate de las tradiciones celtas y vacceas a un grupo de teatro sospechosamente festivo y atrevido; de una celebración que incomodaba a los más conservadores de la antigua Salmantica a una referencia que podría incriminar a La Bruja y sus amigos actores en algo realmente terrible.

sábado, 20 de febrero de 2010

Dos

La Bruja. Así le pusieron desde que comenzó a trabajar en la casa de citas “El Secreto Mejor Guardado”. No sólo su físico era extraño, diferente, no feo sino raro; también su manera de hablar, de mirar, de comportarse. ¿Era española? ¿Medio gitana? Tenía parientes en Andalucía, aunque también en Israel, entre ésos que hablan un castellano tan anticuado, ininteligible, casi medieval, los sefardíes.

Celeste, la madame del elegante puticlub, le había cogido cariño. Mucho. A pesar de asegurar que la vio alguna vez realizar rituales demoníacos, con gato negro, pócimas humeantes, velas de olor exótico y demás. Incluso sabía que en algunas noches, después de las locas campanadas de cierta iglesia, solía abandonar el piso donde ejercían en la Calle del Féretro y salir a pleno campo charro con un grupo de amigas, también muy extravagantes, a hacer “cuanta barbaridad uno se pueda imaginar”. En ciertas ocasiones, contaba con voz más baja, un personaje demasiado misterioso solicitaba los servicios de la muchachita. Un hombre ataviado todo de negro, de sombrero ancho y capa, con la cara cubierta por un pañuelo o por un pasamontañas. De la habitación que ocupaban surgían sonidos desconcertantes. Se sentía una especie de aumento en la temperatura general y una espeluznante luminosidad se entreveía, con destellos como de ardientes llamas, en el espacio que se hallaba debajo de aquella puerta.

Esa noche, que era la noche libre de La Bruja, Celeste la vio llegar como a la una y media de la madrugada. Muy temprano, en verdad, para ser una noche en que ella podía hacer absolutamente lo que su real y amplísima voluntad le dictara. Parecería que la marcha se le había acabado demasiado pronto. Tocó el interfono y rogó con atropellamiento que le abriesen –la llave la había olvidado o perdido. Con la mirada baja y sumamente nerviosa, temblando casi, atravesó el vestíbulo entre clientes deseosos y compañeras suyas artificiosamente seductoras. Se encerró en su recámara dando un portazo.

-¡Pero qué sucede, niña! ¿Quieres abrirme, por favor?- le susurró determinante, aunque con sigilo para no espantar a la concurrencia, una vez que siguió la apesadumbrada estela que había dejado su ahora acongojada pupila.

-¡Ay, señora Celeste, déjeme, que estoy muy cansada- respondió La Bruja, con ese tono casi gutural, pero muy dulce, con que hablaba.

-Anda, ábreme la puerta. Quiero saber qué pasa.

La Bruja tenía el larguísimo cabello mucho más revuelto que de costumbre. El rímel corrido por sus bronceadas mejillas enfatizaba los intensos ojos verdicafés. Su carnosa boca, entreabierta, acompañaba la dificultosa respiración, agitadísima, con la que sus grandes pechos subían y bajaban.

-¿Qué tienes?- preguntó muy intrigada Celeste, una vez dentro del cuarto.

-Nada, señora, no me pasa nada.

-¿Cómo que nada? ¡Mira en qué estado te encuentras! ¿Te asaltaron o algo?- soltó Celeste, tomándola del brazo, muy preocupada por verla llegar sin abrigo, a pesar de que afuera se hallaban a algún grado bajo cero, y con el escote de la blusa abierto de más.

-No, señora. Nada de eso.- contestó La Bruja, liberando discretamente su brazo de la mano de su patrona. Respiró hondo y musitó-. Es que hubo follón con los del Grupo.

-¿Los del teatro, esa cosa o lo que sea? ¿Con los que actúas en La Cueva cada Noche de San Juan?

-Sí, ésos, señora.

-¿Y qué fue lo que pasó?- insistió la vieja pero aún bella mujer que era Celeste, a pesar de tanta cirugía de por medio.

-Nada fuera de lo normal, señora. Alguna riña. Alguien hizo algo que no se debía. Tonterías…- la trató de tranquilizar La Bruja, al momento de perder la mirada hacia la esquina más oscura de la estancia en penumbras. A partir de ahí no dijo más. Se quedó como catatónica, inmóvil, por lo que Celeste no pudo sino mascullar algún “qué pases buena noche”, darle un apretón al hombro y salir cargada de dudas y mortificación.

Esa noche La Bruja no durmió. Se dejó llevar por la caída interminable a través de un Hoyo Negro que la envolvía con un vértigo indescriptible. Apretaba con fuerza sus párpados y escenas fatídicas se entrecruzaban como cometas dementes en una infinita región vacía. Nunca había vuelto de una sesión con sus amigos del Grupo tan alterada. El año entero se la pasaban estudiando, leyendo, ensayando, discutiendo la magna puesta en escena de cada Noche de San Juan, donde representaban la pugna de la antigua fiesta pagana que celebra el solsticio de verano y la apropiación/confiscación de la misma por la posterior tradición cristiano-católica. Siempre aguardaba con ellos, exultante, el momento de recorrer el trecho entre La Cueva y el teatro-bar que los acogía para montar frente a éste la apoteósica Hoguera, en donde las diferencias se diluían con el lánguido crepitar del fuego y sólo había lugar para el placer y la felicidad.

Sin embargo, esa noche cualquier cosa se pudo haber sentido menos gozo. Una niebla cada vez más espesa parecía secuestrar a la ciudad, extendiéndose desde el legendario casco viejo hasta posarse en las aguas del silente río Tormes. Los pensamientos extraviados de La Bruja parecían ir en ese caudal hacia ninguna parte. Su cuerpo entero se estremecía por la fiebre. Su alma ya no estaba ahí.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Uno

La sábana se hallaba muy manchada de sangre, fresca aún, cubriendo apenas el cuerpo desnudo de la joven. Sus formas se adivinaban sutilmente armoniosas, y unos bien cuidados pies, muy pálidos, salían de la tela. De pronto el brazo derecho resbaló y el paramédico de bigote lo volvió a colocar dentro de la camilla. Era más de medianoche.

El viento silbaba y se colaba entre el tejido caótico de los murmullos de los escasos espectadores de la tétrica escena y el intercambio de mensajes a través de los radios y teléfonos móviles, emitidos dentro y alrededor de la ambulancia y la patrulla.

Las luces rojas y azules hacían su patética parte golpeando casi salvajemente el rostro de Calixto. Pareciera que le mordieran las mejillas, provocándole un ligero ardor. Igual sentirían sus amigos, quienes entre el mareo de la cerveza y el dulce sopor del cannabis se vieron también impelidos a desentrañar las sirenas alarmantes que se habían estacionado en las inmediaciones de La Cueva.

“¿Quién fue o quiénes fueron?”, se preguntó el desgarbado becario mexicano. “De seguro esta chica estudiaba en la Universidad”.

Minutos antes, una sombra había pasado rozando los muros de la Catedral, como el relámpago negro de un ángel del Diablo perseguido por el peor de los castigos. ¿Sólo le vio él, con ese abrigo oscuro, el cabello al parecer muy largo y ese tosco sombrero, tan pasado de moda? ¿Llevaba una capa, acaso?

César y Ahmed, en el preciso momento de su fugaz visión, tocaban y cantaban, absortos, con la vieja guitarra que se habían robado quién sabe de dónde. Mónica no hacía más que lanzar suspiritos, sentada con la cabeza entre las piernas. Y únicamente él, Calixto García, pudo verlo desde la escalinata del palacio dieciochesco de la Facultad, sobre todo porque tenía de frente el imponente y espectral templo.

Poco después vino el pequeño escándalo del ruido y los colores giratorios de los faros de la Policía y la Cruz Roja, que llegaban de ese lugar tan cercano a donde estaban –La Cueva, aún enigmática a pesar de haber sido reducida a sitio “obligado” para la foto turística.

Del misterioso personaje no había podido ver mucho. Mas ahora su extraña figura empezaba a imprimírsele en lo más profundo de su ser, cada vez con mayor fuerza a partir de ese cadáver calculado hermoso, lleno de luz a pesar de la semipenumbra circundante y de ir cubierto por el pudor fúnebre.

¿Quién era ése que de repente surgió como filo de cuchillo partiendo al más frágil de los turrones? “¿Sería tal tipo quien asesinó a la muchacha?”, empezó a preguntarse. Había transcurrido un tiempo demasiado breve desde que le vio deslizarse junto a la famosa piedra de Villamayor, con la que está construida la tardíamente gótica Catedral Nueva. “No se escucharon gritos”, recordó bien. “¿Y cómo pudo haber llegado aquella mujer sin ropa y sin vida hasta el interior de La Cueva, si no parecía que trajera con él cargando bulto alguno?”.

Cierto era que la niebla de Salamanca se había tragado la imagen de aquel fantasma que, al parecer, sólo Calixto registró con sus adormilados ojos; esa niebla que confunde realidad e imaginación, sueño plácido y pesadilla, invitación al recogimiento y al crimen, y que engulle todo lo que le da la gana y cuando quiere.

sábado, 13 de febrero de 2010

Notita

Querido,

mira que me ha llamado la atención el contenido de este disco. No sólo porque habla de ésta ya tan nuestra Salamanca, y por haber sido escrito, al parecer, por alguien de las Américas, sino por su curioso batiburrillo de literatura y vida. Hay casi de todo: misterio, suspenso, asesinatos, sexo, magia negra, amor, religión, política…de veras que está de flipar.

Y mete a cada personaje y hasta zarandea a algunas de las instituciones “más intocables” -aquí sí que menos se sabe dónde termina la ficción y dónde comienza la vida real, y viceversa…

No tiene firma el manuscrito electrónico y no creo que valga mucho, literariamente hablando, aunque sí entretiene. Estaba tirado en plena calle, en la cuesta de El Tostado. Compré unas cosillas en la papelería que está por San Pablo y, de camino a Anayita, me topé con él. Como tampoco tenía ni una sola anotación o etiqueta que indicase de quién podía ser, pues me lo he quedado y punto.

Qué quieres, majo, así soy yo, “una coleccionista -y lectora- de cosas inútiles encontradas al azar”, como dices.

Anda, te lo dejo y mételo a la rajita del portátil, como tú también le llamas al acordarte de ya sabes qué...mmmmhhh... ¡Ja! Ya le leí y me distrajo, pues, al menos. Llévatelo en la maleta o, si te apetece mejor, imprímelo y dale una ojeada en Barcelona, cada vez que te aburras de las horrorosas vacaciones (y de ver tanta teta cutre en la playa...eso espero).

Vale.

Tu Elena.