“En definitiva, nunca falta algún error”, alcanzó a pensar, fugazmente, el que parecía llevar el ritmo del acto funesto. En forma soslayada, repasó apenas al intruso que se apostó breves instantes en el umbral de la puerta del rojizo, sombrío y nebuloso salón. Los agujeros del capirote, por donde veía, no le permitían escudriñar a quien se estaba convirtiendo en testigo incómodo de lo que nadie, salvo sus protagonistas directos, debía presenciar.
Y de veras que no podía dedicarle mucha atención. Ni regañar a quienes supuestamente resguardaban la entrada a la casona, por haberlo dejado pasar hasta ahí. Ni enviar a algún otro a hacerlo. Era el punto culminante.
La jovencita no había resistido gran cosa. El dolor fue insufrible. Y el asco y el pudor la devastaron. A querer y no, él debía aceptar, por más repulsión que le causara, que la había gozado junto con sus otros cómplices, incluyendo a la exquisita y remilgada Cinnia, que se empeñó en acompañarlos para supervisar el espantoso hecho. También ella disfrutó la manipulación y las incisiones en las partes más secretas de aquella tan fresca anatomía. Aunque no estaba en los planes; se trataba de sólo hacer las marcas, la hendidura y la extracción. Pero ni modo. Su cercanía a las más profundas motivaciones espirituales, no les impedía sentir placer, como los seres humanos que eran, al ser estimulados en lo que denominan bajos instintos. Y tan atractiva, la muchacha. Y su carne tan lozana, palpitante, rica, y a su entera disposición. Esas zonas prohibidas eran realmente un imán.
Finalmente murió, sí. Había perdido una considerable cantidad de sangre. Un infarto le dio la calma. La inyección también había hecho su papel. Pobre niña. Pero todo era por la Alta Causa que los había congregado. Una mártir, podría decirse. Involuntaria, hija de un azar que él sabía perfectamente no existía, pero al fin mártir.
Con el escalpelo, dibujó lo mejor y más pronto que pudo los símbolos en aquella espalda tersa y en ese vientre planísimo - calientes aún, pero ya con la muerte a cuestas. Había poco tiempo qué gastar. Ophiel quería que lo hiciera también en alguno de sus glúteos o pechos. Su estupidez y su perversión no tenían límite.
-¡Mira que contaminas este momento, imbécil!- le dijo, lanzándole su mirada más fiera.
-¡Déjense de idioteces y continúa, Hermes!- ordenó Cinnia-. ¡Debemos terminar ya!
Algo de sangre empezaba a manar también de los trazos realizados con su precisión de cirujano. Con ellos se aludía a la Cruz Invertida, el 666, la “S” satánica, la “A” de la Anarquía, la Triqueta Celta y el Puñal Vacceo. Era un verdadero artista para punzar, delinear y expresar los mensajes deseados por la Hermandad.
Ya no había retorno.
-Prosigue…- musitó, prácticamente extasiada, Cinnia.
Cuando empuñó el bisturí, enfilando hacia la región aledaña al pecho izquierdo de aquel dulce cadáver, que como desvalido e inocente cordero pascual femenino tenía sobre la amplia mesa, Hermes reflexionó, en un parpadeo, si nada más él había reparado en el enigmático individuo que de súbito los acompañaba: Todo en él era de color negro. Algo estrambótico el enorme sombrero que portaba. También el abrigo, su pelo largo, las botas altas, la capa. Estaba embozado; no se distinguía enteramente con qué, pero sólo refulgían entre tanta oscuridad sus ojos. Unas pupilas tan brillantes que se veían rojas. ¿O sería por el color de las paredes del excéntrico lugar?
Hizo el corte profundo. Metió los dedos enguantados en látex. Removió lo necesario. Luego, yendo más a fondo, un pequeño esfuerzo. Se escuchó chasquear. Sacó el corazón de la mujer.
Y todos quedaron como hipnotizados, mudos, al ver el pedazo de músculo sobre su mano derecha, chorreante y casi humeando. Todos, incluido el inesperado y turbador visitante, quien sólo emitió un prolongado suspiro y dio media vuelta para retirarse y desaparecer con su abismal negrura en la negrura espesa del pasillo hacia la calle, hacia la Plaza de Anaya y hacia La Cueva.
Y de veras que no podía dedicarle mucha atención. Ni regañar a quienes supuestamente resguardaban la entrada a la casona, por haberlo dejado pasar hasta ahí. Ni enviar a algún otro a hacerlo. Era el punto culminante.
La jovencita no había resistido gran cosa. El dolor fue insufrible. Y el asco y el pudor la devastaron. A querer y no, él debía aceptar, por más repulsión que le causara, que la había gozado junto con sus otros cómplices, incluyendo a la exquisita y remilgada Cinnia, que se empeñó en acompañarlos para supervisar el espantoso hecho. También ella disfrutó la manipulación y las incisiones en las partes más secretas de aquella tan fresca anatomía. Aunque no estaba en los planes; se trataba de sólo hacer las marcas, la hendidura y la extracción. Pero ni modo. Su cercanía a las más profundas motivaciones espirituales, no les impedía sentir placer, como los seres humanos que eran, al ser estimulados en lo que denominan bajos instintos. Y tan atractiva, la muchacha. Y su carne tan lozana, palpitante, rica, y a su entera disposición. Esas zonas prohibidas eran realmente un imán.
Finalmente murió, sí. Había perdido una considerable cantidad de sangre. Un infarto le dio la calma. La inyección también había hecho su papel. Pobre niña. Pero todo era por la Alta Causa que los había congregado. Una mártir, podría decirse. Involuntaria, hija de un azar que él sabía perfectamente no existía, pero al fin mártir.
Con el escalpelo, dibujó lo mejor y más pronto que pudo los símbolos en aquella espalda tersa y en ese vientre planísimo - calientes aún, pero ya con la muerte a cuestas. Había poco tiempo qué gastar. Ophiel quería que lo hiciera también en alguno de sus glúteos o pechos. Su estupidez y su perversión no tenían límite.
-¡Mira que contaminas este momento, imbécil!- le dijo, lanzándole su mirada más fiera.
-¡Déjense de idioteces y continúa, Hermes!- ordenó Cinnia-. ¡Debemos terminar ya!
Algo de sangre empezaba a manar también de los trazos realizados con su precisión de cirujano. Con ellos se aludía a la Cruz Invertida, el 666, la “S” satánica, la “A” de la Anarquía, la Triqueta Celta y el Puñal Vacceo. Era un verdadero artista para punzar, delinear y expresar los mensajes deseados por la Hermandad.
Ya no había retorno.
-Prosigue…- musitó, prácticamente extasiada, Cinnia.
Cuando empuñó el bisturí, enfilando hacia la región aledaña al pecho izquierdo de aquel dulce cadáver, que como desvalido e inocente cordero pascual femenino tenía sobre la amplia mesa, Hermes reflexionó, en un parpadeo, si nada más él había reparado en el enigmático individuo que de súbito los acompañaba: Todo en él era de color negro. Algo estrambótico el enorme sombrero que portaba. También el abrigo, su pelo largo, las botas altas, la capa. Estaba embozado; no se distinguía enteramente con qué, pero sólo refulgían entre tanta oscuridad sus ojos. Unas pupilas tan brillantes que se veían rojas. ¿O sería por el color de las paredes del excéntrico lugar?
Hizo el corte profundo. Metió los dedos enguantados en látex. Removió lo necesario. Luego, yendo más a fondo, un pequeño esfuerzo. Se escuchó chasquear. Sacó el corazón de la mujer.
Y todos quedaron como hipnotizados, mudos, al ver el pedazo de músculo sobre su mano derecha, chorreante y casi humeando. Todos, incluido el inesperado y turbador visitante, quien sólo emitió un prolongado suspiro y dio media vuelta para retirarse y desaparecer con su abismal negrura en la negrura espesa del pasillo hacia la calle, hacia la Plaza de Anaya y hacia La Cueva.
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