La teniente Vera Sánchez pidió a su auxiliar, el sargento Raúl Domínguez, se llevara el auto al despacho de la Guardia Civil. Él ya ni preguntó el por qué no la acompañaría, pues conocía de sobra la razón. Su superior realizaba el mismo ritual nada más comenzar una nueva investigación. Estuviese donde estuviese en la ciudad de Salamanca, se iba caminando hasta la Catedral Nueva. Y el Instituto de Medicina Legal no quedaba tan lejos.
Así que puso paso sobre paso, resoplando un poco y arrojando, por instantes, su vaho caliente al aire, pues el frío que parecía no irse nunca de la ciudad le pegaba de frente, en las mejillas, como hiriéndolas con sus múltiples agujitas. “En Salamanca, sayo, hasta el cuarenta de mayo”, se repitió a sí misma con una sonrisa más que divertida, paladeando el refrán popular con el que prácticamente había convivido desde que nació. Y vaya que si las costumbres y los decires salmantinos más tradicionales estaban en ella y su familia. Era, ni más ni menos, que una “Sánchez” y casi traía en la frente, como el lunar rojo de las hindúes, un botón charro, esa delicada y al mismo tiempo recia joya de platería tan representativa de la orfebrería de la región.
Desde donde partía y sólo doblando por un par de calles más adelante, ya podía ver su Torre del Evangelio y la cúpula, majestuosas, de uno de los monumentos religiosos más impresionantes de España –y no sólo de España sino de Europa y el mundo entero: la Catedral Nueva. Era como una peregrinación personal a esa mole de la piedra franca de Villamayor, que denominaban “Nueva”, a pesar de haberse empezado a construir en el siglo XVI, en relación con la Catedral “Vieja” que tenía al lado, misma que databa del período netamente románico (desde el siglo XII para ser exactos). “¡Y qué lujo tener dos catedrales como éstas!”, Vera misma se congratulaba.
Cuando llegó a la Plaza de Anaya, sintió el deseo de sacar de su gran bolso uno de los diarios que junto con la carpeta del reporte se le había entregado en el repaso necrológico de la joven asesinada en La Cueva –emplazamiento que, por cierto, no se hallaba tan distante de tal Plaza. Buscó una banca de roca medianamente soleada y se sentó. Quizá hubiera sido más reconfortante haberse guarecido en uno de los barecitos aledaños, acompañada, por supuesto, de un espresso humeante y bien cargado, pero también las ansias de ya entrar a la Catedral, que la esperaba como una inmensa madre amorosa, eran mayúsculas.
En las páginas del periódico volvió a comprobar lo pueriles, además de sensacionalistas, que pueden ser a veces los reporteros, no sin un dejo de enfado por el alto grado de irresponsabilidad que ello llega a entrañar. “…mmmhhhhjjjj…grupo de teatro Magia Oscura, mmhhh”, leía con su consabida velocidad. “¡¿A quién se le ocurre la insinuación de establecer un nexo entre esta tragedia y unos actorcillos que hacen su pobre representación en la Noche de San Juan?!”, se asombró. “Es como joder por joder solamente, por algo que…Ahhh…llamaron ¡en plena madrugada! al profesor Marcelo de la Clase…¡qué bárbaros!...¡gilipollas!...Por lo de que se trataba de una universitaria, pues sí…Y él opinó con su cantaleta de siempre, claro”. Fue, entonces, que le ganó un resoplido que denotaba, ahora, una incredulidad burlona.
Vera se detuvo en seco, meneando la cabeza: “¿Y otros sospechosos deberían ser sudamericanos? ¿Mexicanos, para ser más específicos? ¡Puffffff! ¡Cuánta estrechez!”. No sabía si reír o llorar con tanto disparate. Sin embargo, en ese momento quién sabe de dónde le vino a la mente la vieja premisa policiaca: En el trayecto al esclarecimiento de los hechos, nada debe descartarse… “Ajá”, se dijo más que irónica. “¿De verás hay que tirar de cuanto hilillo se nos vaya presentando u ocurriendo, más bien, así sin más y sin ton ni son?”.
Entonces, mientras la teniente de la Guardia Civil Vera Sánchez, investigadora de homicidios, y ahora vestida de paisana, revoloteaba entre este tipo de lecturas, reflexiones y especulaciones, muy cerca de ella, pegados al seto vecino, dos hombres se encontraban con una mujer. Eran el profesor de la Facultad de Filología -contigua a todos ellos- Luis de Orozko (vasco, ex fraile agustino) y los alumnos de ésta Julián García Martínez (becario mexicano, no tan joven ya) y una chica (de sugestivo y hasta despampanante aspecto, a pesar de vestir casi andrajosamente) a la que apodaban curiosamente La Bruja.
Julián había quedado con La Bruja, por teléfono, de encontrarse en plena Plaza de Anaya. Le llamó en cuanto leyó, en el periódico, sobre la dizque sutil y “posible” relación entre el asesinato de la joven de La Cueva, el día anterior, y el grupo de teatro Magia Oscura. Su amiga estaba deprimida, no quería asistir a clases, pero la convenció de la importancia de verse y “platicar”. En la Facultad, cuya sede es el muy neoclásico Palacio de Anaya, o en el edificio contiguo, conocido por todos como Anayita, ya encontraría al profesor Orozko para pedirle que los acompañara en el pensar a fondo sobre el qué hacer ante la casi (e idiota) incriminación del grupo de La Bruja en este lamentable y brutal hecho.
Vera observó unos segundos al singular trío. Creyó reconocer al profesor Orozko, pues hacía unos cuatro años había sido la comidilla de la ciudad al verse forzado a renunciar al sacerdocio y a su cátedra de Teología en la Universidad Pontificia. El Vaticano, más concretamente un muy ortodoxo y duro jefe de la Congregación para la Doctrina de la Fe (sucesora de la Sagrada Congregación de la Romana y Universal Inquisición, fundada en 1542 por el papa Pablo III), había hecho hasta lo imposible para acorralarlo. Primero prohibió sus libros; luego su labor docente y, cual tiro de gracia, su trabajo pastoral. Orozko no pudo más y decidió colgar los hábitos. Ahora, aunque se había pasado a la Universidad civil, para impartir asignaturas como la de literatura y cristianismo o las de filosofía, continuaba siendo todavía molesto para los sectores más conservadores de la Iglesia y la sociedad, pues no había dejado de difundir su muy liberal visión del catolicismo a través de numerosas editoriales, revistas y periódicos de circulación nacional e, incluso, internacional.
De los otros dos muchachos, ni idea. Vera apenas si los miró. Una morena alta, de formas generosas y con vestimenta hippie y sexy, que le recordaba a las gitanas, y el otro un hombre joven de treintaytantos, de piel más oscura que la chica, con aspecto mestizo centroamericano. “O sudaca, como dicen los xenófobos… ¿O hasta mexicano?...”.
Ellos, los tres, en diferentes tiempos, también si apenas se percataron de la presencia de la mujer de edad mediana, menuda, de cabello lacio castaño claro, que leía y hacía gestos y hasta discretos aspavientos en la banca de al lado. Concluyeron irse mejor al piso del profesor Orozko, descartando la primera opción surgida en la conversación: Las caballerizas, el bar de la Facultad, en Anayita mismo. Lo mejor era estar en un sitio en donde pudieran explayarse bien, sin miedo de ser escuchados y ubicados por oídos impropios. Y donde residía el profesor estaba cerca de ahí, en la Plaza de Los Basilios.
Casi impulsada por un mismo resorte, Vera se levantó de su lugar. Era momento de entrar a la Catedral Nueva; de ser prácticamente engullida por ese hermoso monstruo que tanta paz le proporcionaba y, sobre todo, claridad mental. La catedral con las naves más altas de España, junto con la de Sevilla. Una especie de mini-urbe de piedra preciosamente tallada desde sus pilares y puertas interiores hasta el magistral y apabullante juego de nervios de sus bóvedas, con un órgano impresionante y figuras religiosas de gran impacto, como Nuestra Señora de la Soledad y el Crucificado con cabello efectivamente humano.
Así, el trío y la mujer de melenita curiosa abandonaron, cada uno por su lado, la Plaza de Anaya. Sin saber nada de nada. Prácticamente se rozaron al ir cada cual a su próximo asentamiento, sin imaginar siquiera que el destino los había conducido hasta ahí y que ya no se separarían sus vidas hasta ocasionar en ellos el suficiente vértigo.
Así que puso paso sobre paso, resoplando un poco y arrojando, por instantes, su vaho caliente al aire, pues el frío que parecía no irse nunca de la ciudad le pegaba de frente, en las mejillas, como hiriéndolas con sus múltiples agujitas. “En Salamanca, sayo, hasta el cuarenta de mayo”, se repitió a sí misma con una sonrisa más que divertida, paladeando el refrán popular con el que prácticamente había convivido desde que nació. Y vaya que si las costumbres y los decires salmantinos más tradicionales estaban en ella y su familia. Era, ni más ni menos, que una “Sánchez” y casi traía en la frente, como el lunar rojo de las hindúes, un botón charro, esa delicada y al mismo tiempo recia joya de platería tan representativa de la orfebrería de la región.
Desde donde partía y sólo doblando por un par de calles más adelante, ya podía ver su Torre del Evangelio y la cúpula, majestuosas, de uno de los monumentos religiosos más impresionantes de España –y no sólo de España sino de Europa y el mundo entero: la Catedral Nueva. Era como una peregrinación personal a esa mole de la piedra franca de Villamayor, que denominaban “Nueva”, a pesar de haberse empezado a construir en el siglo XVI, en relación con la Catedral “Vieja” que tenía al lado, misma que databa del período netamente románico (desde el siglo XII para ser exactos). “¡Y qué lujo tener dos catedrales como éstas!”, Vera misma se congratulaba.
Cuando llegó a la Plaza de Anaya, sintió el deseo de sacar de su gran bolso uno de los diarios que junto con la carpeta del reporte se le había entregado en el repaso necrológico de la joven asesinada en La Cueva –emplazamiento que, por cierto, no se hallaba tan distante de tal Plaza. Buscó una banca de roca medianamente soleada y se sentó. Quizá hubiera sido más reconfortante haberse guarecido en uno de los barecitos aledaños, acompañada, por supuesto, de un espresso humeante y bien cargado, pero también las ansias de ya entrar a la Catedral, que la esperaba como una inmensa madre amorosa, eran mayúsculas.
En las páginas del periódico volvió a comprobar lo pueriles, además de sensacionalistas, que pueden ser a veces los reporteros, no sin un dejo de enfado por el alto grado de irresponsabilidad que ello llega a entrañar. “…mmmhhhhjjjj…grupo de teatro Magia Oscura, mmhhh”, leía con su consabida velocidad. “¡¿A quién se le ocurre la insinuación de establecer un nexo entre esta tragedia y unos actorcillos que hacen su pobre representación en la Noche de San Juan?!”, se asombró. “Es como joder por joder solamente, por algo que…Ahhh…llamaron ¡en plena madrugada! al profesor Marcelo de la Clase…¡qué bárbaros!...¡gilipollas!...Por lo de que se trataba de una universitaria, pues sí…Y él opinó con su cantaleta de siempre, claro”. Fue, entonces, que le ganó un resoplido que denotaba, ahora, una incredulidad burlona.
Vera se detuvo en seco, meneando la cabeza: “¿Y otros sospechosos deberían ser sudamericanos? ¿Mexicanos, para ser más específicos? ¡Puffffff! ¡Cuánta estrechez!”. No sabía si reír o llorar con tanto disparate. Sin embargo, en ese momento quién sabe de dónde le vino a la mente la vieja premisa policiaca: En el trayecto al esclarecimiento de los hechos, nada debe descartarse… “Ajá”, se dijo más que irónica. “¿De verás hay que tirar de cuanto hilillo se nos vaya presentando u ocurriendo, más bien, así sin más y sin ton ni son?”.
Entonces, mientras la teniente de la Guardia Civil Vera Sánchez, investigadora de homicidios, y ahora vestida de paisana, revoloteaba entre este tipo de lecturas, reflexiones y especulaciones, muy cerca de ella, pegados al seto vecino, dos hombres se encontraban con una mujer. Eran el profesor de la Facultad de Filología -contigua a todos ellos- Luis de Orozko (vasco, ex fraile agustino) y los alumnos de ésta Julián García Martínez (becario mexicano, no tan joven ya) y una chica (de sugestivo y hasta despampanante aspecto, a pesar de vestir casi andrajosamente) a la que apodaban curiosamente La Bruja.
Julián había quedado con La Bruja, por teléfono, de encontrarse en plena Plaza de Anaya. Le llamó en cuanto leyó, en el periódico, sobre la dizque sutil y “posible” relación entre el asesinato de la joven de La Cueva, el día anterior, y el grupo de teatro Magia Oscura. Su amiga estaba deprimida, no quería asistir a clases, pero la convenció de la importancia de verse y “platicar”. En la Facultad, cuya sede es el muy neoclásico Palacio de Anaya, o en el edificio contiguo, conocido por todos como Anayita, ya encontraría al profesor Orozko para pedirle que los acompañara en el pensar a fondo sobre el qué hacer ante la casi (e idiota) incriminación del grupo de La Bruja en este lamentable y brutal hecho.
Vera observó unos segundos al singular trío. Creyó reconocer al profesor Orozko, pues hacía unos cuatro años había sido la comidilla de la ciudad al verse forzado a renunciar al sacerdocio y a su cátedra de Teología en la Universidad Pontificia. El Vaticano, más concretamente un muy ortodoxo y duro jefe de la Congregación para la Doctrina de la Fe (sucesora de la Sagrada Congregación de la Romana y Universal Inquisición, fundada en 1542 por el papa Pablo III), había hecho hasta lo imposible para acorralarlo. Primero prohibió sus libros; luego su labor docente y, cual tiro de gracia, su trabajo pastoral. Orozko no pudo más y decidió colgar los hábitos. Ahora, aunque se había pasado a la Universidad civil, para impartir asignaturas como la de literatura y cristianismo o las de filosofía, continuaba siendo todavía molesto para los sectores más conservadores de la Iglesia y la sociedad, pues no había dejado de difundir su muy liberal visión del catolicismo a través de numerosas editoriales, revistas y periódicos de circulación nacional e, incluso, internacional.
De los otros dos muchachos, ni idea. Vera apenas si los miró. Una morena alta, de formas generosas y con vestimenta hippie y sexy, que le recordaba a las gitanas, y el otro un hombre joven de treintaytantos, de piel más oscura que la chica, con aspecto mestizo centroamericano. “O sudaca, como dicen los xenófobos… ¿O hasta mexicano?...”.
Ellos, los tres, en diferentes tiempos, también si apenas se percataron de la presencia de la mujer de edad mediana, menuda, de cabello lacio castaño claro, que leía y hacía gestos y hasta discretos aspavientos en la banca de al lado. Concluyeron irse mejor al piso del profesor Orozko, descartando la primera opción surgida en la conversación: Las caballerizas, el bar de la Facultad, en Anayita mismo. Lo mejor era estar en un sitio en donde pudieran explayarse bien, sin miedo de ser escuchados y ubicados por oídos impropios. Y donde residía el profesor estaba cerca de ahí, en la Plaza de Los Basilios.
Casi impulsada por un mismo resorte, Vera se levantó de su lugar. Era momento de entrar a la Catedral Nueva; de ser prácticamente engullida por ese hermoso monstruo que tanta paz le proporcionaba y, sobre todo, claridad mental. La catedral con las naves más altas de España, junto con la de Sevilla. Una especie de mini-urbe de piedra preciosamente tallada desde sus pilares y puertas interiores hasta el magistral y apabullante juego de nervios de sus bóvedas, con un órgano impresionante y figuras religiosas de gran impacto, como Nuestra Señora de la Soledad y el Crucificado con cabello efectivamente humano.
Así, el trío y la mujer de melenita curiosa abandonaron, cada uno por su lado, la Plaza de Anaya. Sin saber nada de nada. Prácticamente se rozaron al ir cada cual a su próximo asentamiento, sin imaginar siquiera que el destino los había conducido hasta ahí y que ya no se separarían sus vidas hasta ocasionar en ellos el suficiente vértigo.
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